La adaptación del videojuego no arriesga ni inventa, pero tampoco lo pretende: quiere ser y es un divertimento para todos los públicos mientras hace un guiño a los fans de la consola

Adaptar un título como “Uncharted” comportaba de entrada jugar a perder. Esta saga de Naughty Dog ha sido clave en la consagración de la narrativa de los videojuegos y precisamente se nutre de la capacidad del jugador para maravillarse. Lo ha hecho recreando el efecto catártico del cine clásico de aventuras, aquella sensación irrepetible de encontrar un tesoro después de una larga investigación. Es decir, que si ha logrado tanta popularidad es porque cuando te adentras en ella te parece estar en una película en la que tú determinas si los héroes se salen con la suya. La comparación de todo film que ostentara su marca estaba condenada a ser odiosa, tanto en relación al videojuego como al propio género, porque Indiana Jones siempre estará presente para recordarte las esencias.

Ahora bien, esto no significa que “Uncharted”, la película, no sea un producto funcional, sobre todo porque consigue hacerle un guiño al fan de la cosa sin perder de vista que quiere llegar a todos los públicos. En cuanto al primer aspecto, es un verdadero festival: sin revelar más de la cuenta, solo decir que hay “cameos” dignos de aplauso, un uso inteligente del tema musical de Greg Edmonson (compositor a reivindicar, por cierto) y una escena durante los créditos (la segunda, en concreto) en que los jugadores reaccionan estremecidos porque es un homenaje directo a su fidelidad.

En cuanto al segundo aspecto, su valía estrictamente cinematográfica, “Uncharted” no arriesga ni inventa nada, pero es que tampoco lo pretende. Como sabe que tiene que hacerse accesible a espectadoras y espectadores que nunca han jugado con una consola, apuesta por un relato ligero y sin manías que se llega a asemejar a aquellas series B de sobremesa que se acababan anclando a la memoria sin que acertaras a recordar el título, como “En busca del avión perdido” o “Biggles”. Sí, desaprovecha oportunidades para romper el molde y dar pasos adelante con relación a algunos clichés del género (especialmente con la estructura, que no se aparta ni un milímetro del manual), pero es una viñeta dinámica y autoconsciente que reivindica la diversión sin complejos, luce con orgullo sus referentes y sabe sacar partido de su afán viajero, Barcelona incluida.

Mark Wahlberg y Antonio Banderas. ‘Uncharted’.

Tiene, además unas cuántas virtudes dignas de mención. Por ejemplo, sus aires desenfadados, porque ya tocaba ver un entretenimiento que se dejara de reflexiones operísticas y se quede por debajo de las dos horas de metraje; o la química entre Tom Holland y Mark Wahlberg, que apela a las “buddy movies” de toda la vida y deja con ganas de más, que siempre es un mérito. En este saco también podríamos poner la inventiva de su clímax, casi una versión alternativa e hiperbólica de la escena final de “The Goonies”. La película de Ruben Fleischer, como el videojuego que adapta, consigue evocarte la criatura que fuiste y que soñaba con viajar a países remotos para encontrar reliquias perdidas. Y solo por eso ya vale la pena verla.

Pep Prieto. Periodista y escritor. Crítico de series en ‘El Món a RAC1’ y en el programa ‘Àrtic’ de Betevé. Autor del ensayo ‘Al filo del mañana’, sobre cine de viajes en el tiempo, y de ‘Poder absoluto’, sobre cine y política.