La nueva entrega de la saga funciona muy bien como secuela y como refundación de la saga, que aprovecha para disparar contra el fenómeno fan y la nostalgia desbocada

Si la primera “Scream” de Wes Craven ha logrado la categoría de clásico moderno (porque lo es, aunque se haya tardado tanto en decirlo) es porque funcionaba maravillosamente bien como diagnosis. Lo era en relación a su propio género, porque exploraba su lenguaje como nunca se había hecho, pero también en relación al espectador y su papel hacia la ficción. Hablaba, en esencia, de cómo percibimos lo que vemos y cómo se integra a nuestra manera de mirar el mundo. La apuesta se mantuvo la segunda parte, una reflexión sobre las repeticiones y sobre el mismo concepto de secuela que contenía algunos de los mejores momentos del cine de terror de los 90. La tercera, sin ser un desastre, sí que era la menos lucida a pesar de aportar apuntes muy malévolos sobre el canibalismo creativo de Hollywood y un espléndido plan final. La cosa recuperó el buen tono en la cuarta, muy reivindicable y un nuevo tratado sobre el eterno retorno a las esencias. Allí se introducía, además, un discurso fundamental en la quinta: el daño que hace el fenómeno fan al arte de contar historias y la indolencia de los herederos de una sociedad abocada a la virtualidad y el simulacro. La nueva “Scream”, que es tanto una quinta entrega como un “remake” y a la vez un “reboot”, profundiza en este relato y dispara contra todos aquellos elementos que perpetúan los monstruos de la nostalgia. No será nunca un clásico como la primera, pero asume con mucha cintura su condición de parte de un todo, de resumen de un tiempo y de sus vicios estructurales. Es una nueva y muy acertada diagnosis de las herencias culturales y cómo dialogan con nuestras transformaciones sociales.

Como sus predecesoras, “Scream” juega con mucha habilidad con sus lugares comunes y los pervierte variando algunos de sus códigos de representación. Así, continúa habiendo este equilibrio entre “Slasher” autoconsciente y una sátira de los clichés tradicionales, con un grupo de personajes muy diversos que en todo momento son conscientes del tipo de historia que están protagonizando. Justamente porque lo saben, como lo sabemos nosotros, ver como tropiezan con las mismas piedras tiene una mala leche absolutamente deliciosa. La principal novedad reside en dos aspectos que le otorgan una identidad propia. El primero, la introducción de una reflexión muy pertinente sobre la banalización del horror y la conversión de sus iconos en poco más que una foto de Instagram. El nuevo Ghostface funciona como metáfora de la frivolidad de una era que ningunea sus legados cuando no se ajustan a lo que se espera de ellos. El segundo, su violencia, ya que este “Scream” resulta más tajante que las anteriores sin perder nunca de vista los ecos de la película original. Y finalmente hay momentos impagables que ya forman parte de los “highlights” de la saga, como sus bromas a expensas del “terror elevado” (y muy en especial de “Babadook”) o su memorable reinvención en clave crepuscular de las reinas del grito. Un festival para iniciados en la materia, pero también una muy buena película que sirve como resumen de todo.

Pep Prieto. Periodista y escritor. Crítico de series en ‘El Món a RAC1’ y en el programa ‘Àrtic’ de Betevé. Autor del ensayo ‘Al filo del mañana’, sobre cine de viajes en el tiempo, y de ‘Poder absoluto’, sobre cine y política.