“No Way Home” es un homenaje a la mitología del protagonista y un viaje emocional por los dramas de la madurez

La historia cinematográfica de Spider-man era, hasta ahora, una de las más desordenadas de todos los personajes de Marvel. Singularmente, con él empezó todo. La primera película de Sam Raimi, que está a punto de cumplir veinte años, fue uno de los orígenes del fenómeno. Incluso contó con una extraordinaria secuela, que aún hoy, es una de las mejores películas de superhéroes que se han hecho nunca. Las cosas se torcieron con una muy desigual tercera entrega que propició un cambio de alienación (Andrew Garfield en sustitución de Tobey Maguire; Marc Webb por Raimi) en “The Amazing Spider-man”. Una buena idea, más realista y dramática, que pinchó antes de lo previsto a causa de una segunda parte adocenada que, a pesar de contar con grandes momentos, precipitó la decisión de otro cambio: se rejuvenecía al personaje para integrarlo al MCU (de aquí que su primera aparición fuera en una película grupal, “Civil War”), se confiaba el papel a un relativo recién llegado (Tom Holland, espléndido desde el primer día) y se apostaba por no volver a profundizar en sus orígenes, que ya estaban más que explicados. Pero tras una mirada parabólica a estas dos décadas, quedaba la sensación que el personaje había estado más en construcción que no en constatación, como si el espectador estuviera condenado a verlo redefinirse y no simplemente a existir por sí mismo.

Este círculo, todos los círculos, se cierran en “No Way Home”. Y si se consigue es porque esta película es, primero, un cuidadoso homenaje a la mitología del personaje: se coge el ayer y el hoy, se cogen los hechos y los sobreentendidos, los ensayos y los errores, y se armonizan en una historia que quizás sacrifica algunos matices por el camino, pero funciona a la perfección como compendio (y resolución) de veinte años de vida cinematográfica. Peter Parker y su alter ego siempre han sido una gran representación del espectador y sus transformaciones, y esto no entiende de cambios de actor ni de tono. “No Way Home” respeta esta idea, adaptando el registro a cada rostro del personaje, y se dedica a explorar la esencia de un superhéroe que, quizás más que ningún otro, encarna el dolor y la pérdida implícitos en el salto a la madurez. Esto nos lleva al segundo motivo que eleva la película: a diferencia de sus predecesoras, es esencialmente un viaje emocional por los dramas de un adolescente que finalmente tiene que coger las riendas de su existencia. Es un drama sobre el fin de la inocencia, sobre la soledad del superhéroe y sobre la incapacidad de hacer un bien absoluto. Siempre tienes algo que perder, y siempre hay un mal latente. El multiverso permite cerrar líneas narrativas que parecían imposibles de arreglar y permite explicar el origen de un personaje en su tercera película en solitario. Una filigrana tan imperfecta como su propio protagonista y tan emocionante como su misma evolución. Sorprende, divierte, golpea y desarma en dos horas y media que pasan como un suspiro. Marvel no solo está consiguiendo expandir un relato a través de numerosas películas, sino que incluso se aventura a dar un final a aquellas que no dependían exclusivamente de ellos. Guste más o menos, es innegable que nadie, nadie, había hecho nada parecido.

Pep Prieto. Periodista y escritor. Crítico de series en ‘El Món a RAC1’ y en el programa ‘Àrtic’ de Betevé. Autor del ensayo ‘Al filo del mañana’, sobre cine de viajes en el tiempo, y de ‘Poder absoluto’, sobre cine y política.