Edgar Wright firma uno de sus trabajos más ambiciosos: un thriller que flirtea con infinidad de géneros y referentes sin dejar de tener una identidad propia.

En toda evocación, en todo homenaje a un tiempo y un momento, hay implícita una idealización. Miramos atrás y convertimos aquellos seres pretéritos, sus escenarios y sus bandas sonoras en un sueño en el que nos quedaríamos a vivir. Quizás porque en el mundo real, en el presente, nos sentimos fuera de contexto o fuera de órbita. Cuando imaginamos el pasado, no nos preguntamos qué esconden los focos, los telones y las sonrisas incrustadas en la memoria colectiva, sino que damos por sobreentendido que funcionaba con unos códigos muy precisos y tenía unos protagonistas muy concretos. Es como un espejo en el que el reflejo siempre es mejor que la misma realidad, pero que si lo traspasáramos descubriríamos que viven miedos que no estamos dispuestos a afrontar.

En “Última noche en el Soho”, el autor de “Shaun of the dead” y “Baby Driver”, Edgar Wright, firma uno de sus trabajos más ambiciosos, una fábula que torpedea nuestra tendencia a creer que cualquier tiempo pasado fue mejor. Es la Cara B de la nostalgia, la verdad sobre los habitantes anónimos de las fotos antiguas, un viaje a los rincones más escondidos de la percepción. Wright nos plantea un viaje adictivo, perturbador e inclasificable (es la suma de infinidad de géneros y referentes sin dejar de tener una identidad propia) en el que rompe con numerosas convenciones, desde el romanticismo que se le supone a toda estampa amorosa hasta la dolorosa cosificación de las mujeres icónicas. Es una película que difícilmente ahora tendrá la atención que se merece, pero que acabará siendo de culto por su propia singularidad.

Como en anteriores trabajos, Wright construye un universo aparentemente cotidiano que se agrieta a medida que aquello sobrenatural o inquietante se va apoderando de su lógica. La protagonista, Eloise, es una joven aspirante a diseñadora de moda que vive fascinada por la estética de los años 60 y se va a estudiar a una academia de Londres para lograr su objetivo vital. Como no encaja con sus compañeras de residencia, acaba alquilando una habitación en la casa de una mujer mayor. Una noche creyendo soñar, o quizás justamente porque sueña, descubre que tiene la capacidad de viajar al Soho de los años 60, donde queda fascinada por una cantante y el hombre que quiere lanzarla al estrellado. Pero no tarda en descubrir que en esta relación y en los acontecimientos que se derivan de ella hay un misterio que se va volviendo más imprevisible y terrorífico.

“Última noche en el Soho” arriesga mucho, y casi siempre gana. Acierta de pleno en la construcción de una atmósfera envolvente nutrida de hallazgos visuales (el uso de los espejos, fundamentales como recurso narrativo y como síntesis del discurso) y reformula los mecanismos del thriller para atraparnos en una telaraña de recuerdos y verdades que desmontan toda tentación de situar la historia y sus protagonistas en un plano nostálgico. Este es un relato sobre lo que hay de perverso en crearse ficciones sobre el pasado y hasta qué punto atenúan los ecos de verdades muy dolorosas. El director mima al máximo la puesta en escena y, sobre todo, su configuración musical, en la que el uso de algunas canciones, más que apelar a la complicidad del espectador, adopta tintes de pesadilla de la que no parece posible despertarse. Y después está su magnífico reparto: Thomasin McKenzie, Matt Smith, Diana Rigg (en su último trabajo antes de morir, por eso en el primer plano de la película se lee “For Diana”) y una Anya Taylor-Joy absolutamente inolvidable.

Pep Prieto. Periodista y escritor. Crítico de series en ‘El Món a RAC1’ y en el programa ‘Àrtic’ de Betevé. Autor del ensayo ‘Al filo del mañana’, sobre cine de viajes en el tiempo, y de ‘Poder absoluto’, sobre cine y política.