La nueva secuela de la saga se ve perjudicada por el hecho de ser una película de transición, pero es igualmente una penetrante metáfora de la América moderna

En una escena de “Halloween Kills” se explica que Michael Myers, cuando era pequeño y ahora también de mayor, insiste en volver a su casa y mirar por la ventana del piso superior. El personaje que lo dice se pregunta qué mira en el exterior, o si no será que en realidad lo que mira es su propio reflejo. En paralelo, en una de las tramas de la película los habitantes de Haddonfield, el pueblo donde transcurre la acción de toda la saga, se conjuran para atrapar al psicópata de una vez por todas y poner fin a sus crímenes. Pero su afán de venganza les hace perder la perspectiva de quién es quién y quién ha hecho qué, y acaban persiguiendo a un hombre inocente por el simple hecho de parecer una persona perturbada. Ambas ideas forman parte de un mismo concepto, de un mismo reflejo: Michael Myers, aquí más que nunca, es la perfecta representación de una América reaccionaria, desconfiada y vengativa. Una América a la defensiva, abocada a los populismos y a los discursos moralizantes, que aparenta mirar al exterior pero en realidad contempla obsesivamente sus propios demonios. Una América condenada a cometer los mismos errores una y otra vez, y por eso sus hombres del saco se levantan una y otra vez. No es, en ninguno de los dos casos, un simple complemento directo del relato de una película. Esta entrega de Halloween es la nueva demostración de la capacidad del género para hablar de los claroscuros de la realidad a través de nuestras fragilidades y una metáfora muy penetrante de los terrores que nos asedian.

Esto no significa que sea una película redonda. La trama retoma la acción exactamente donde la dejaba su predecesora y todos sus elementos están pensados para construir la lanzadera hacia una conclusión, que aspira a ser catártica, en “Halloween Ends”. Tal como se ha dicho y escrito, esta segunda parte acusa en exceso su condición de film de transición de una trilogía, en el sentido que no acaba de culminar algunos de sus clímax y excluye personajes del foco dramático (el caso más evidente, el de Laurie Strode, un pilar fundamental de su arco argumental) que quizás habrían merecido una mayor atención al detalle. Y también es verdad que hay muchos frentes, lo cual está bien, pero la necesidad de mantenerlos abiertos va en detrimento de su solvencia. Pero dicho esto, ya querrían muchas películas de terror transmitir el grado de tensión de algunos pasajes de esta, que también brilla en su interlocución con los títulos más conseguidos de la saga. Solo hay que ver, por ejemplo, cómo muestra aquello que no veíamos de la película original de John Carpenter y se sirve de ello para dar una perspectiva muy diferente de su mitología. Porque justamente de esto va esta nueva trilogía, de reformular un imaginario, modernizarlo y reconocerlo como narrativa de un tiempo y sus derivas. “Halloween Kills” lo expresa con escenas llenas de humor negro que juegan con los clichés inherentes al protagonista (como el impagable momento en el que Michael insiste en apuñalar un cadáver hasta que encuentra el cuchillo que mejor le va) y con un espléndido acto final, que a su vez funciona a modo de prólogo, en el que la voz de la gran Jamie Lee Curtis nos hace conscientes de la leyenda de Michael Myers mientras este, una vez más, persiste en levantarse, desafiante, y mirar al mundo detrás de la máscara. Porque es por eso que mira y se mira por la ventana, es así como se alimenta de nuestros miedos y se convierte en el monstruo que nunca conseguiremos derrotar: asemejándose mucho a nosotros.

Pep Prieto. Periodista y escritor. Crítico de series en ‘El Món a RAC1’ y en el programa ‘Àrtic’ de Betevé. Autor del ensayo ‘Al filo del mañana’, sobre cine de viajes en el tiempo, y de ‘Poder absoluto’, sobre cine y política.