M. Night Shyamalan vuelve a demostrar su dominio del suspense y de las atmósferas perturbadoras en un relato digno de la serie “The Twilight Zone”

M. Night Shyamalan es uno de esos casos de cineasta que se ha erigido en un sello y, en consecuencia, tensa las costuras de la mirada ajena. Hay quien lo venera y lo enaltece sin hacerse muchas preguntas y quienes le cuestiona todo sin pensárselo ni un segundo. Pero sea como sea, guste más o menos, de lo que no hay duda es de que este señor tiene un estilo propio y acostumbra a ser fiel a él: sí, ha hecho películas menores o que se quedan a medio camino de sus pretensiones, pero en su obra hay siempre, siempre, algún elemento de interés; y no es tan fácil estarse más de dos décadas explorando un lenguaje y que acabe pareciendo que eres parte indispensable de él. Esto es, en gran medida, porque Shyamalan es uno de los pocos directores de las últimas décadas que entiende el encuadre como una narración en sí misma (solo hay que fijarse en cómo juega siempre con la disposición de los personajes en la escena, o cómo otorga una dimensión simbólica a recursos como el color o aquello que queda en off) y entiende perfectamente que una de las claves del cine de terror reside en la percepción del espectador. Tendemos a sobreentender y él lo sabe, por este motivo sus películas se nutren de expectativas incompletas y antihéroes que desconocen su papel en la realidad.

Tiempo (Old)” no es una excepción y se convierte desde un principio en un apasionante ejercicio de suspense y atmósferas perturbadoras digno de los mejores episodios de “The Twilight Zone” que se dedica a torpedear, precisamente, nuestra manera de entender el tiempo y sus demiurgos. Como siempre, nada de lo que pasa al inicio es casualidad y todos los diálogos y detalles que se muestran acaban siendo capitales para deshacer los nudos de la trama. Además con cierta vocación de incorrección política que Shyamalan empezó a trabajar en la desigual “El incidente” y se manifestó en todo su esplendor en las grandes “Split” y “Glass”. “Tiempo (Old)” es la historia de una familia con problemas no resueltos que va a parar a una playa paradisíaca que no está al alcance de todo el mundo y se acaban encontrando que la gente envejece de forma acelerada. No hay motivo aparente, pero lo tendrán que buscar para sobrevivir. Durante el primer acto, buscamos el punto de vista que se identifica más con el nuestro pero no lo obtenemos: Shyamalan crea una serie de personajes nada empáticos en un entorno hostil y un enemigo imparable -el tiempo- que deja unas secuelas irreversibles. El impacto de algunas escenas reside en esta sensación de que resolviendo el enigma no encontraremos el bálsamo que anhelamos, sino que lo único que nos podemos limitar a hacer es escapar y aprovechar el tiempo que nos queda.

De nuevo, el director da toda una lección de cómo generar inquietud e incomodidad con un sol plano. Con un personaje de pie al fondo, un gesto que impide escuchar un diálogo o una cerilla que se apaga y se enciende le basta para construir verdaderos monumentos a la tensión y el horror. A veces es un solo segundo, o la simple constatación de una actitud inesperada, pero golpea con mucha más fuerza que cualquier subrayado visual acompañado de una estridencia sonora. Y consigue que un escenario idílico vaya mutando en el contexto de una pesadilla sin que seamos del todo conscientes de esta evolución, porque el director lo convierte en el demoledor y sutil contrapunto del descenso a los infiernos de sus protagonistas. Todo esto, toda esta narrativa al servicio de los sentidos y de los matices de un relato, es cine en estado puro. Que genere tanta divergencia de opiniones, que aboque a tantos debates sobre el fondo y la forma de una obra cinematográfica, no hace otra cosa que demostrar que Shyamalan es uno de los grandes.

Pep Prieto. Periodista y escritor. Crítico de series en ‘El Món a RAC1’ y en el programa ‘Àrtic’ de Betevé. Autor del ensayo ‘Al filo del mañana’, sobre cine de viajes en el tiempo, y de ‘Poder absoluto’, sobre cine y política.