Jason Statham y Guy Ritchie se reencuentran en “Despierta la furia”, crónica de una venganza contada desde diferentes puntos de vista.

Guy Ritchie es como la caja de bombones de Forrest Gump: nunca sabes el que te tocará. Desde sus sólidos inicios con “Lock & Stock” y “Snatch”, referentes de toda una era del “noir”, tan pronto es capaz de hacer relecturas la mar de divertidas de iconos populares (las dos entregas de “Sherlock Holmes”, o aquel monumento a la sofisticación que era “Operación U.N.C.L.E.”), films desiguales pero que tienen su qué (“The Gentlemen”, “Rey Arturo: La leyenda de Excalibur”) o directamente desastres que no parecen ni suyos (“Barridos por la marea”, “Aladdin”). Con “Despierta la furia”, remake bastante libre de la cinta francesa “Le convoyeur”, se reencuentra con su viejo amigo Jason Statham para ofrecer la mejor cara de ambos. Porque si bien es un thriller que juega abiertamente con algunos códigos indisolubles del género, ni es la típica película juguetona y autoconsciente de Ritchie ni se convierte en el típico vehículo de lucimiento al servicio de su protagonista. Por eso es tan sorprendente y, al final, tan buena, porque más allá de algunas trampas narrativas y las obviedades impresas en algunos diálogos, es una magnífica reformulación del relato clásico de venganzas. Uno del que no se puede revelar demasiado del argumento si no se quieren torpedear sus (numerosos) giros narrativos.

En “Despierta la furia” conviven diferentes almas en una singular armonía. En algunos aspectos parece un homenaje a la extraordinaria “Hasta que llegó su hora” de Sergio Leone, con este cowboy enigmático y de pocas palabras que traza un plan de venganza que parece provenir del infierno mismo; en términos de utilización del escenario (Los Ángeles) recuerda las atmósferas de Michael Mann, también en los atronadores ecos de los tiroteos; y en la configuración del personaje principal, de una dimensión casi mitológica, se detectan algunos parámetros de la traviesa estructura de “Sospechosos habituales”. Justamente es en el protagonista donde la película encuentra uno de sus principales aciertos. En lugar de plantearte el eterno antihéroe intentando hacer justicia al uso, Ricthie nos aboca a tener que empatizar con un ser que rompe constantemente con la rigidez moral propia del ángel vengador. Es, en esencia, el lado oscuro de los demiurgos del género, y es aquí donde el film consigue situarse muy por encima de la media y convertirse en un retrato criminal tan áspero como malvado.

Ayuda, sobre todo, que Ritchie esté particularmente inspirado. No es la primera vez que lo vemos romper cronologías, mostrar diferentes perspectivas sobre un mismo hecho o flirteando con las facetas ocultas de los teóricos héroes de la función. Pero sí que es una de las primeras veces que se lo vemos hacer con esta seriedad y rigor. “Despierta la furia” no está para tonterías: es tan expeditiva, ruda y oscura como su propio protagonista, y consigue que algunas escenas (como el clímax en la empresa de los furgones blindados, rodada con un gran sentido de la planificación y el montaje) transmitan una tensión encomiable. También hace mucho el carisma de Statham, que llena la pantalla y contribuye decisivamente a que la función adopte el tono de una venganza bíblica. En unos tiempos de sangre y explosiones digitales es muy de agradecer encontrarse con una película en la que los batacazos duelen y los individuos que la habitan son ambivalentes y perversos. Parece que la experiencia del reencuentro les ha ido bien, porque Ritchie y Statham ya ruedan otra. Una muy buena noticia.

Pep Prieto. Periodista y escritor. Crítico de series en ‘El Món a RAC1’ y en el programa ‘Àrtic’ de Betevé. Autor del ensayo ‘Al filo del mañana’, sobre cine de viajes en el tiempo, y de ‘Poder absoluto’, sobre cine y política.