Debería ser algo normal. Deberíamos estar acostumbrados, en pleno siglo XXI, a ver cómo los niños juegan con muñecas. Cómo se emocionan con las princesas Disney o cómo piden una cocinita en vez de un coche teledirigido para divertirse. Sin embargo, no hay forma. Nos cuesta horrores entenderlo. Y no es tan difícil… Al nacer, no venimos con una definición de ‘género’ bajo el brazo. Nacemos sin prejuicios. Desconocemos que, en la sociedad que hay montada, se ha establecido que el azul es para los niños y el rosa para las niñas. Llegamos a la vida al margen de tonterías y concepciones sociales. Y cuando somos niños, y tenemos todavía toda la inocencia del mundo, si nos gusta una serie de princesas, la miramos. Porque nos entretiene. Y punto.

El problema es cuando imponemos a esos niños con qué deben jugar, cómo deben vestir en función de si su género es masculino o femenino y de qué deben hablar basándonos, simplemente, en si son hombre o mujer. Y ahí empieza todo. La película ‘Palmer‘, que ha sido un éxito en la plataforma ‘Apple TV‘, abre este debate. Y lo resume en una conversación entre Justin Timberlake y el niño protagonista, interpretado por Ryder Allen. «En este mundo hay cosas que puedes ser y cosas que no. ¿Cuántos niños ves en ese programa?», le pregunta el actor, cuando ve que el niño está mirando una serie de princesas. «Ninguno». «¿Y eso qué te hace pensar?», insiste. Y aquí viene la frase que hace saltar todo por los aires: «Que puedo ser el primero».

Justin Timberlake y Ryder Allen. «Palmer».

Claro. Ahí está. Que puedo ser el primer hombre en llevar un disfraz de princesa, que puedo ser la primera mujer en dirigir un país, que puedo ser el primero o la primera en viajar a Marte. ¡Qué más da mi sexo! Después de años de humanidad, aún no hemos entendido que la cosa va, justamente, de eso. De dejar atrás, por fin, las concepciones sociales y liberarnos de esa cadena que nos ata a nuestro género. De demostrar nuestra valía, independientemente de si somos un hombre y nos gusta maquillarnos o de si somos una mujer y no queremos tener hijos. En definitiva, de romper las reglas. Palmer‘ nos enseña esto. Lo absurdo de nuestras normas a ojos de un niño. Y esta semana, marcada por el 8M y las reivindicaciones de la mujer a lo largo de los años, resulta un mensaje especialmente necesario.

Timberlake es un exjugador de fútbol americano que ha pasado los últimos 12 años en la cárcel. Al salir, se reencuentra con su abuela, lo único que tiene en esta vida, y se va a vivir con ella. Allí conoce al chico protagonista -nominado, por cierto, al Premio de la Crítica Cinematográfica al mejor intérprete joven (Critics Choice Awards)-, que va a enseñarle a mirar más allá de sus prejuicios. La relación entre ellos dos pasa de la indiferencia a la estima, en el momento en que el actor entiende la inocencia del niño. Los momentos que surgen entre los dos son la fortaleza de la película. Su debilidad: que es demasiado previsible. Mujer drogadicta que vive en una caravana, con un marido que la maltrata, acaba abandonando a su hijo. Timberlake cuida del pequeño y acaba cogiéndole cariño.

Justin Timberlake y Ryder Allen. «Palmer».

Ojalá el mensaje de esta película, dirigida por Fisher Stevens, sirva para abrir mentes y remover algo ahí dentro. Para recordarnos la sociedad que hemos creado y que, en vez de unirnos, nos discrimina si nos salimos de la vía principal y nos mostramos de un modo distinto a lo establecido. Quizás deberíamos hacer un poco más de caso a voces como la de la periodista y escritora, icono del feminismo, Gloria Steinem, que a sus 86 años sigue reivindicando la igualdad: «Criamos a nuestras hijas como a nuestros hijos, pero raramente criamos a nuestros hijos como a nuestras hijas». Y así estamos.

Bárbara Padilla
Bàrbara Padilla. Colaboradora en la sección de Series de ‘La Vanguardia’. Redactora y Locutora de Informativos en RAC1. Periodista desde 2007 en el área de Barcelona. Aficionada al cine desde que tiene uso de razón y a las series desde el boom de Netflix.