Sucede día sí y día también. Llegan pateras a España y otras cruzan el Mediterráneo para acabar desembarcando en Italia. La ONG Open Arms rescata cientos de personas cada año. Buscan una vida mejor, una salvación para sus familias, que se mueren de hambre en su país de origen. De vez en cuando lo vemos por televisión. Algunos nos llevamos las manos a la cabeza y nos preguntamos cómo puede seguir pasando. Cómo, ante la pasividad de Europa y del mundo entero, cientos de hombres, mujeres, embarazadas y niños se lanzan al mar en busca de un futuro mejor. Otros, directamente, miran para otro lado. Ésta es la realidad de ‘Adú‘, la película española que ha recibido 13 nominaciones a los Goya –incluyendo la de mejor película y director–, y que para muchos resulta incómoda de ver.

La película, que se estrenó el año pasado y que ahora ha vuelto a las salas de cine (también disponible en Netflix), explica la historia de Adú, un niño que pierde a su madre y que junto a su hermana inicia una aventura hacia Europa. El objetivo es, como la mayoría de sus compañeros en Camerún, sobrevivir. Vemos el drama de la inmigración desde los ojos de un niño de apenas 6 años. Lo vemos en él, en su hermana y en el amigo –casi un ángel de la guarda– que lo acompaña cuando parece no haber salida. Imposible no preguntarnos qué haríamos nosotros. Qué haríamos nosotros si no nos quedara nada y no fuéramos nadie. Sin recursos, con tan sólo una mochila con un par de mudas para no pasar frío. Y lo peor: qué haríamos si fuéramos un niño, que no entiende por qué el mundo lo trata así; por qué no merece comer tres veces al día o tener un techo en el que cobijarse.

Moustapha Oumarou, ‘Adú’.

La cara más amarga de la inmigración nos la muestra Moustapha Oumarou, el niño protagonista de la cinta, que, curiosamente, no iba para actor. El equipo de ‘Adú‘, dirigido por Salvador Calvo, entrevistó a 6.000 niños hasta llegar a él: el diamante en bruto de la producción, la mirada de la inocencia más pura. Él, y sus grandes ojos, se llevan nuestras lágrimas, y nuestra indignación ante tanta injusticia. El equipo de casting se lo cruzó jugando en la calle. Ha tenido que aprender a ser actor, a memorizar los guiones –no sabe leer ni escribir–, pero, a cambio, ahora va a la escuela y ha reunido suficiente dinero para que su familia esté bien. Aplauso merecido también para su ángel de la guarda: Adam Nourou, nominado al Goya a mejor actor revelación. 

Así como la historia de Adú funciona perfectamente ante el espectador, cuesta el encaje en la producción de dos historias paralelas. Por un lado, tenemos a un grupo de guardias civiles que viven los asaltos de subsaharianos a la valla de Melilla. Por otro, la historia de un padre y una hija que están destinados a no entenderse. El padre, encarnado por el actor Luis Tosar, es un fiel defensor de los elefantes. Sin embargo, nadie nos explica de dónde viene ese empeño por salvarlos de los furtivos; por qué dedica su vida a ello y se aleja así de su hija, interpretada por Anna Castillo, una adolescente que sólo quiere pasárselo bien. Las dos tramas funcionan como denuncia social: la matanza de elefantes para sacar provecho de sus colmillos y la cara amarga de los inmigrantes en Melilla, pero, como historias, podríamos extraerlas de la producción sin que pasara nada. Y ése es el problema.

‘Adú’.

Ahora que está de moda la docuserie de HBO ‘Vitals‘, que muestra la cruda realidad de la pandemia entre las paredes de un hospital -el Taulí de Sabadell-, ‘Adú‘ nos plantea la misma necesidad: la de consumir películas que son un golpe de realidad en toda regla. A nadie le gusta ver a enfermos en la UCI debatiéndose entre la vida y la muerte porque un virus ocupa sus pulmones, del mismo modo que a nadie le gusta ver la pobreza en África. Pero es necesario. Las dos realidades existen, y no podemos actuar como si no fueran con nosotros. Nos hace ruines y nos deteriora como sociedad. El hecho de no tener el coronavirus o de que nos afecte menos, no significa que podamos hacer un botellón con nuestros amigos. Del mismo modo que vivir en España no debería insensibilizarnos ante lo que pasa en Camerún. Son vidas humanas, igual que las nuestras. Y no tienen la culpa de haber nacido en el lugar equivocado.

Bárbara Padilla
Bàrbara Padilla. Colaboradora en la sección de Series de ‘La Vanguardia’. Redactora y Locutora de Informativos en RAC1. Periodista desde 2007 en el área de Barcelona. Aficionada al cine desde que tiene uso de razón y a las series desde el boom de Netflix.