La serie belga estrenada en Filmin se rie, y nosotros con ella, de las dinámicas y absurdos del Parlamento Europeo

Desde “Sí, Ministro” hasta “Veep”, pasando por “The Thick of It”, la tradición de la comedia política nos han dado muchas alegrías televisivas, pero hasta el momento nadie había dedicado una ficción a las interioridades del Parlamento Europeo. Y es que, como escenario del género, lo tiene todo: el cuestionamiento de lo que realmente se hace allí, la sensación de que no sabemos de la misa la mitad y, sobre todo, su condición eminentemente babilónica, puesto que conviven personas de muchos países con intereses confrontados que no piensan lo mismo sobre numerosos temas. Es decir, un auténtico camarote de los hermanos Marx que favorecía unos cuántos apuntes sobre los malos vicios de la política y, sobre todo, sobre la verdadera valía de algunos de los que se dedican a ella. Todo esto y más es lo que plantea “Parliament”, una serie belga estrenada en Filmin que coge todos los tópicos y sobreentendidos sobre el lado más tonto de la política y los mete en una espléndida sátira sobre la investigación de la verdad y la necesidad de sentirse humano en un contexto que no se  presta nada a ello.

«Parliament».

La historia adopta el punto de vista de Samy (Xavier Lacaille, todo un descubrimiento), que llega a la cámara europea para hacer de asistente de un diputado que no brilla por su capacidad de trabajo. Allí pronto se da cuenta de dos cosas: de que las relaciones personales son cualquier cosa menos fáciles, porque parece que todo aquel con quien habla tiene un interés escondido; y de que la actividad parlamentaria depende de unos equilibrios y una burocracia que tendrá que aprender a marchas forzadas.

Parliament” tiene, a partir de aquí, dos caras. Una, la más interesante, es su ácida parodia de la negociación política y las batallas ideológicas, poniendo el dedo en la llaga en la sucesión de auténticos absurdos que mueven la aprobación de una simple enmienda. Lo hace sirviéndose de un lenguaje directo y muy documentado, con gags cargados de mala leche (todo lo que tiene que ver con la relación entre Cataluña y España es absolutamente impagable) sobre las dinámicas entre unos representantes públicos que no parecen demasiado conscientes de cuál es su verdadera función. Como parábola política, funciona todavía mejor cuando apuesta por la incorrección: los momentos dedicados a Ana Frank son, en este sentido, sensacionales.

Liz Kingsman (Rose). «Parliament»

La segunda cara de “Parliament” es quizás la más convencional, y es la que explora las tensiones sentimentales entre los personajes. Algunos, como el asistente alemán, no están lo bastante desarrollados como para parecer algo más que un contrapunto humorístico, y como comedia romántica le debe más al carisma de sus intérpretes (el ya citado Lacaille y la muy prometedora Liz Kingsman) que no a un guion demasiado pendiente de crear situaciones para unir estos personajes en el espacio y el tiempo. Pero incluso en esto la serie te acaba ganando, porque los protagonistas están tan bien explicados que te acaba interesando de verdad cómo afrontan sus sentimientos no confesados, y el final como mínimo prescinde de soluciones balsámicas.

En todo caso, lo mejor de “Parliament” es que cuando la acabas tienes la certeza de que no mirarás nunca más el Parlamento Europeo del mismo modo. Es mérito de los diálogos, que dejan perlas para enmarcar, y también de la habilidad de sus creadores para construir una realidad muy verosímil: sí, diputados como Michel Specklin existen, y sí, las cosas que dicen y hacen, pasan.

Pep Prieto.
Periodista y escritor. Crítico de series en ‘El Món a RAC1’ y en el programa ‘Àrtic’ de Betevé. Autor del ensayo ‘Al filo del mañana’, sobre cine de viajes en el tiempo, y de ‘Poder absoluto’, sobre cine y política.