La segunda temporada de la antología iniciada por ‘La maldición de Hill House’ tiene momentos muy buenos pero le sobran capítulos y subrayados

La maldición de Hill House’ no solo era una espléndida adaptación de la novela capital sobre casas encantadas, escrita por Shirley Jackson, sino que era la constatación del talento de Mike Flanagan para hurgar en nuestros miedos domésticos: como buena parte de sus obras cinematográficas, la serie se servía de los mecanismos del género de terror para reflexionar sobre lo que hay perturbador y catártico en las heridas familiares.

‘La maldición de Bly Manor’

Lo primero que se debe decir de ‘La maldición de Bly Manor’ es que hay una reorientación de los cimientos narrativos, porque la fuente de inspiración, el universo literario de Henry James y ‘Otra vuelta de tuerca’ en particular, no podía dar como resultado una aproximación del tono y las maneras de la visita a Hill House. Por lo tanto, nos encontramos ahora ante una serie muy diferente tanto en el fondo como en la forma. De hecho, incluso no es estrictamente de terror, sino que parte de sus atmósferas tradicionales para hablar de amor y de pérdida, y también de la imposibilidad de superar nuestros peores fantasmas: los que llevamos dentro. En esta temporada, la protagonista es una niñera que asume el reto de hacerse cargo de la educación de dos hermanos que han perdido a sus padres, y pronto descubre que en su casa los muertos no acaban de irse nunca.

Una vez más, Flanagan denota su conocimiento de las múltiples facetas del género y se le tiene que reconocer su sentido del riesgo a la hora de modernizar los clásicos. En este sentido, es tanto un homenaje al legado de Henry James como una evolución de sus planteamientos. Pero a diferencia de ‘La maldición de Hill House’, donde suspense y retrato psicológico se fusionaban con una solidez inapelable, en Bly Manor las cosas no salen tan fluidas. A ratos juega muy bien con la percepción del espacio y la palpitación de lo sobrenatural en la vida cotidiana, pero esta temporada se hace desigual, muy desigual, por dilatada, redundante y, sobre todo, discursiva.

‘La maldición de Bly Manor’

Uno de sus problemas esenciales es que los personajes verbalizan demasiado lo que piensan y el director subraya excesivamente sus giros, como si no acabara de confiar en la capacidad del espectador para captar el juego de ecos y espejos que une a los espectros de pasado y presente. Tiene momentos muy buenos gracias al uso del punto de vista y esta sensación de que algo invisible habita en el encuadre, pero también abusa de las reiteraciones, de enseñar una y otra vez el trucaje para que seamos conscientes de la dialéctica entre la vida y la muerte. No da miedo, como se insiste en decir, pero es que tampoco pretende darlo. Es loable que haya torpedeado las expectativas situándose entre la melancolía y el romanticismo, pero Flanagan ha olvidado el valor de la tijera (nueve episodios eran del todo innecesarios) y que la línea que separa la sobriedad del aburrimiento puede ser muy fina.

Pep Prieto. Periodista y escritor. Crítico de series en ‘El Món a RAC1’ y en el programa ‘Àrtic’ de Betevé. Autor del ensayo ‘Al filo del mañana’, sobre cine de viajes en el tiempo, y de ‘Poder absoluto’, sobre cine y política.