En cuestión de pocas semanas, Alex Brendemühl (Barcelona, 1972) ha estrenado dos películas: “La ofrenda”, de Ventura Durall, y “Akelarre”, de Pablo Agüero. Hablamos con él sobre esta última, donde ha vuelto a sorprendernos con una de sus especialidades: interpretar a un malvado… pero sin repetirse, siempre con nuevos detalles y matices. A punto de estrenar la obra de teatro de Denise Duncan “El combat del segle” en la sala Beckett barcelonesa, el actor repasa su trayectoria, aplaude a esos cineastas que le han permitido crecer en su trabajo y valora la actual situación social.

Hace unos años, le pregunté al actor austríaco Christoph Waltz sobre cómo veía él el hecho de que le ofrecieran tantos personajes de malvado. ¡Y se enfadó! Y casi me maldijo. ¿Te enfadas si ahora hago lo mismo contigo?

¡Ja, ja, es graciosa tu anécdota! Yo no me puedo enfadar porque me lo paso muy bien haciendo de malo, aunque no sé qué han visto en mí para darme este tipo de papeles. Cada vez que me ofrecen un villano, intento no repetirme, y encontrarle nuevos matices y colores. En el caso de “Akelarre”, es un malo de cuento, de trazo grueso. Es un manipulador cercano al delirio y que abusa de su poder. El juez Rostegui realmente existió, y el guion de la película se basa en sus propios escritos, unos tratados sobre cómo detectar la brujería en la gente. Es una historia que pasa hace cuatro siglos, pero sigue teniendo unas connotaciones muy actuales.

Repasando tu filmografía, ¿aceptas la etiqueta de ‘actor de culto’?

Ojalá la suma de los proyectos que me ofrecen me convirtiera en un actor de culto, como dices tú. ¡Sería la bomba! Intento enfrentarme a cada personaje que me ofrecen desde la honestidad y la curiosidad.

En la vida real, ¿eres más divertido y amante de la comedia que tus personajes de ficción?

Sí, soy un gran amante de la comedia. Es un género en el que me siento muy a gusto. De hecho, el drama y la comedia están muy cerca, se tocan. El Rostegui de “Akelarre” tiene muchos momentos cómicos: pese a ser un hombre de una crueldad incuestionable y un tipo de persona que tú no puedes defender, Rostegui es tan exagerado que despierta la sonrisa en el espectador.

«Akelarre»

Acaban de conceder el Premio Pepón Coromina, de la Academia del Cine Catalán, al productor y director Lluís Miñarro. Tú trabajaste a sus órdenes en “Stella Cadente” (2014). Nuestra industria audiovisual, ¿necesita más figuras como Miñarro?

¡Por supuesto! Miñarro es un francotirador que ha hecho mucho por nuestra industria y para descubrir a nuevos autores, valientes y arriesgados. Unos cineastas que, de otra manera, no habrían encontrado una plataforma para visibilizar sus obras. Por desgracia, porque la situación es la que es, ahora solo puede dedicarse a la dirección, y ha dejado de lado la producción.

En “Stella Cadente”, fuiste el rey Amadeo de Saboya. En “El Cónsul de Sodoma” (2009), interpretaste a Juan Marsé. En “El médico alemán” (2013), a Josef Mengele. ¿Es más complicado meterse en la piel de un personaje real que en la de uno ficticio?

Cuando interpreto a un personaje que ha existido, parto de una información que tengo de él y buceo en su biografía, pero, a partir de aquí, ya entra en juego mi subjetividad. No me gustan esos biopics que se limitan a pedirte una simple imitación física del personaje. Yo prefiero ir hasta el alma de estas figuras históricas, y trabajar desde ese lugar.

«Stella Cadente»

Acaba de estrenarse la primera película como director de Viggo Mortensen, “Falling”. ¿Te ves rodando algún día a su lado?

Es un actor que admiro mucho, con una trayectoria impecable, que ha enfocado de una manera muy interesante. Me identifico mucho con Viggo Mortensen, y me encantaría que, en una película, hiciéramos de hermanos, por ejemplo. ¿Te imaginas?

Has rodado tres cortometrajes como director. ¿Qué pasa con los cortos que, luego, no se ven, no tienen un recorrido?

Mi primer corto, “Rumbo a peor” (2009), se vio en el Festival de Cannes, y con él viajamos a muchos certámenes e incluso se estrenó en algunos cines. Después no he tenido tanta suerte. El circuito de los cortos en España es muy limitado, nada que ver con lo que ocurre en Australia o Francia. He realizado tres cortos, en un plazo de unos 10 años, que me han servido para aprender a dirigir y a fijarme en todo lo que ocurre en un rodaje. Lo más positivo de esos tres rodajes es que disfrutamos de una total libertad, porque lo hicimos entre amigos y los financié yo mismo. Hace tiempo que estoy detrás de dirigir un largo.

Uno de tus últimos estrenos ha sido “La ofrenda”, donde has vuelto a colaborar con el director Ventura Durall, con el que ya rodaste “Las 2 vidas de Andrés Rabadán” (2008). Y otro cineasta con el que has trabajado en dos ocasiones es Jaime Rosales. Primero, en “Las horas del día” (2003), y, hace un par de años, en “Petra”. ¿Qué tipo de creador es Rosales?

Jaime y yo hace muchos años que nos conocemos, y ya lo tengo… calado. Es exigente, preciso y meticuloso, y enfoca su trabajo con una mirada de cirujano. Su cine es personal y peculiar, y lo lleva hasta las últimas consecuencias creativas. Le interesa mucho la dirección de actores, y siempre apuesta por nuestra naturalidad. A menudo no te da un guion, sino que te plantea la escena para que te desenvuelvas en ella. Jaime no te permite instalarte en tus vicios y tics como actor. Y te da la oportunidad de sorprenderte. A veces me encuentro con directores que me dicen: “Me gustaría me que hicieras eso que hacías en ‘Las horas del día’ o ‘En la ciudad’”. Y eso me aburre. El trabajo de actor implica sacarte de tu centro de gravedad y correr riesgos.

«La Ofrenda»

¿Algún otro cineasta que te haya invitado a reinventarte?

Roger Gual (“Remake”, “7 años”), que siempre me propone ese personaje de su película que yo no quiero. Prefiero a estos directores que me colocan en un lugar en el que no estoy cómodo.

En los últimos años has rodado varias series en Francia y Alemania, pero no en España. ¿No te han ofrecido nada sugestivo?

Llevo unos diez años entre Francia y Alemania haciendo tele, lo que me ha dado la oportunidad de desaparecer un poco de aquí y no saturar a los espectadores. El hecho de trabajar fuera me permite ponerme en contacto con nuevos directores y jefes de casting, que me piden cosas diferentes. En la televisión de esos dos países he podido sacar otros registros interpretativos míos. Estoy abierto a proyectos televisivos españoles. No creo que exista ninguna diferencia entre el cine y la tele: en uno y otro medio se trata de buscar la verdad a la hora de explicar una historia. La única diferencia es la manera de ver el resultado: en una sala de cine o en una pantalla en casa.

Desde tu mirada profunda y reflexiva, desde esos ojos que dan tanto juego en una pantalla, ¿cómo ves el futuro de esta sociedad?

Estamos pasando unos momentos muy duros, pero yo soy optimista. Se me rompe el corazón cada vez que veo a mis hijos con mascarillas en la calle o yendo hacia el colegio. Será complicado recuperar ciertos derechos, libertades y privilegios que teníamos antes de la pandemia, pero lo conseguiremos. Y eso ocurrirá mucho antes de lo que nos pensamos, sobre todo, si escuchamos más a la naturaleza y a esta tierra que nos está hablando.

Pere Vall es periodista cultural y del mundo de la farándula en general, especializado en cine. Colabora en Time Out, Ara, RNE y Catalunya Ràdio, y fue redactor jefe en Barcelona de la revista Fotogramas durante más de 20 años. Fanático de Fellini, de las películas de terror buenas, regulares y malas, y del humor y la comedia en general. De pequeño quería parecerse a Alain Delon, y ha acabado con una cierta semejanza a Chicho Ibáñez Serrador. No se queja de ello.