Producida por THE MEDIAPRO STUDIO, Gravier Productions y Wildside, “Rifkin’s Festival” acaba de inaugurar la 68 edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián y llegará próximamente a las pantallas españolas de la mano de Tripictures

«Wrap your troubles in dreams». Envuelve tus problemas en sueños, canta la voz que da la bienvenida al espectador –con los ya icónicos títulos de créditos en tipografía Windsor Light Condensed sobre fondo negro– a la ración anual de Woody Allen. La frase es el mejor resumen que se puede hacer de la obra del neoyorquino: la vida es un absurdo que acaba en un abismo, así que la única opción es evadirse. Y dos son las principales maneras de entrar en este mundo de los sueños: el cine y las fantasías amorosas. “Midnight in Paris”? Una fantasía amorosa y onírica con una mujer del pasado. “Blue Jasmine”? Una mujer construyendo una realidad alternativa y manteniendo que se casará con un amante que ya ha huido, para no aceptar que está sola y arruinada. “Match Point?” Un hombre mata a la amante que amenaza su estatus social (y es castigado con el castigo de la infelicidad por elegir realidad antes de que pasión). Así podríamos ir desgranando películas.

¿Cómo encaja la presente “Rifkin’s Festival”, en este esquema? El escapismo lo aporta el mundo del cine. El protagonista –el Rifkin del título, de nombre Mort– es un crítico en retirada, y novelista frustrado, que decide acompañar a su esposa –una generación más joven que él, para no perder la costumbre– al festival de cine de San Sebastián. Pero él ya ha dejado de sintonizar con el cine contemporáneo, que aparece aquí encarnado en Louis Garrel, en el papel de un joven director tan vanidoso que cree poder arreglar el conflicto entre judíos y palestinos con su próxima obra.

Cartel de «Rifkin’s Festival» diseñado por Jordi Labanda

Y por si la situación fuera poco amarga, Mort Rifkin ve que su mujer –muy sólida, como siempre, Gina Gershon– se siente atraída por el cineasta novel, hecho que amenaza con asestar el golpe mortal a una relación ya agónica. El descenso del crítico a los infiernos del fracaso vital está salpimentado por una serie de sueños que reproducen escenas famosas de clásicos, pero adaptadas a la situación vital del infeliz Rifkin.  Desfilan películas de Bergman, Fellini, Buñuel y otros maestros del celuloide, en un nuevo canto de amor al medio como los que encontramos en tantas obras de Allen, desde “Misterioso asesinato en Manhattan” a “La Rosa Púrpura del Cairo”, por citar dos de los ejemplos más evidentes.

Y, para acabar de cumplir su propio canon, no falta la fantasía amorosa. En este caso, una doctora –Elena Anaya– de quién Rifkin se enamora a pesar de ser plenamente consciente de que las opciones de convertir sus visitas a la consulta en un romance son más que improbables. Por cierto, el personaje de la doctora está casada con un pintor alcohólico y (auto)destructivo, interpretado por un Sergi López desatado, que a ratos parece un guiño paródico de Allen al personaje de Banderas en “Vicky Cristina Barcelona”.

«Rifkin’s Festival»

Todos estos elementos se ejecutan con la (divina) ciudad de San Sebastián de fondo, lo que se ha convertido también en otro elemento distintivo de los últimos Allen, después de haber recalado en Barcelona, París, Londres o Roma. Y, de nuevo, el director ha contado con Vittorio Storaro como director de fotografía y su impulso marca mucho la película. El rey de los ámbares y dorados vuelve a saturar el color hasta el límite, de forma que el film acaba adquiriendo un barniz de fantasía e idealización. De cuento ligero de amor de verano (o de otoño, más concretamente). Esta deriva hacia el amarillo todavía se hace más evidente por contraste con el riguroso blanco y negro con que se han filmado las recreaciones fílmicas.

Wallace Shawn es uno de los puntos fuertes de la película. Habitual de las películas de Woody Allen, ya había aparecido en “Manhattan”, “Días de radio”, “Sombras y niebla”, “La maldición del escorpión de Jade” o “Melinda y Melinda”, pero esta es la primera vez que encarna el papel que el público identifica indefectiblemente con el hipocondríaco cineasta. A pesar de que el guion está aliñado con los típicos chistes de Allen, el tono es en general pesimista, y Shawn sabe encarnar bien el momento en que uno asume que la decadencia ha empezado. Que los proyectos se han transformado ya en renuncias y que el mundo –aquí en forma de director insolente– va haciéndole saber que ya no cuenta con él. Así que, si en el film anterior teníamos el adorado Chalamet invocando la magia de Central Park para vivir en un estado permanente de enamoramiento, ahora Allen nos enfrenta a un anciano tomando conciencia no del fin de un amor concreto, sino del fin del amor.

«Rifkin’s Festival»

“Rifkin’s Festival” no tiene la perfección que Woody Allen es capaz todavía de dar de vez en cuando, para desesperación de quienes disfrutan dándolo cíclicamente por acabado. Pero está claramente por encima de la media si nos centramos en su filmografía de las dos últimas décadas. Difícilmente enganchará nuevos adeptos a su cine, pero tampoco hará desistir a quienes todavía consideramos que una de las cosas buenas del otoño es la llegada de un nuevo ramo de problemas envueltos en sueños por las manos diestras de Woody Allen.

Àlex Gutiérrez. Periodista especializado en medios de comunicación y audiovisual. Actualmente trabaja en el diario ARA, como jefe de la sección de Media y autor de la columna diaria ‘Pareu Màquines’, donde hace crítica de prensa. En la radio, colabora en ‘El Matí de Catalunya Ràdio’, con Mònica Terribas y en el ‘Irradiador’, de iCatFM. También es profesor en la Universitat Pompeu Fabra. Su capacidad visionaria queda patente en una colección de unos cuantos miles de CDs, perfectamente inútiles en la era de la muerte de los soportes físicos.