La serie producida y protagonizada por Anna Kendrick dedica cada episodio a analizar con humor un modelo de relación

La comedia romántica es un género difícil de abordar con unos mínimos de originalidad porque, al margen de que a veces parece que ya está todo inventado, los títulos con enunciados muy rompedores acostumbran a caer en los clichés que pretendían superar. En televisión, este problema todavía está más enquistado, porque la comedia sobre los amores y desamores acostumbra a tirar de moldes recurrentes que, al final, siempre aprovechan la ocasión para enaltecer los valores tradicionales. Series tan populares como “Friends” o “Cómo conocí a vuestra madre” son un ejemplo práctico: resultan muy eficaces como espejo de costumbres y son divertidas, pero cada oveja acaba con su pareja y la idea de la soledad parece el anticristo.

Hay excepciones, naturalmente, como “Match”, serie noruega en la que la vida sentimental de los protagonistas es literalmente retransmitida por dos comentaristas deportivos, o la notable nueva versión de “Alta fidelidad”, en la que la protagonista rompe la cuarta pared para hablar de sus conflictos amorosos. Como aún está en emisión, el tiempo dirá si “Love Life” consigue ser de las que dinamitan el tópico, pero de momento va por el buen camino. Producida y protagonizada por Anna Kendrick y estrenada en HBO, esta serie parte de una muy buena idea. Como si de un “Por trece razones” romántico se tratara, cada episodio se dedica a analizar con humor las sucesivas relaciones de Darby, una chica que parte de una percepción muy típica del enamoramiento hasta que cada experiencia la va convenciendo de que cada persona es un mundo y de que el amor dista mucho de ser una ciencia exacta.

“Love Life”

La estructura de novio por episodio no es una simple ocurrencia: narrada como una estampa que satiriza los lugares comunes del género (los comentarios de la narradora son a menudo hilarantes), cada segmento intenta tener su estilo propio. Así, mientras Darby es todo ingenuidad, la concepción visual del capítulo es prototípica y envuelta en celofán, pero cuando su estadio emocional es más caótico e imprevisible, la narrativa adopta unos aires más irreverentes. En medio de todo, sus responsables no bajan nunca la guardia y preservan cierta acidez a la hora de hablar de nuestra tendencia a esperar cuentos de hadas y a idealizar situaciones y contextos que, en el fondo, son muy absurdos. Sí, a ratos parece que caerá de lleno en aquello que quiere criticar, pero el humor negro que gasta la redime de esta sensación.

“Love Life” destaca porque pertenece a esa categoría de series en las que deseas con todas tus fuerzas que la protagonista no haga lo que acaba haciendo. Hay una escena en un funeral, absolutamente impagable, que es el paradigma. También acierta en el retrato de cada pareja de la protagonista, que consigue hacer creíbles y próximos porque todas y todos hemos vivido momentos similares con personajes como estos. Pero es evidente que la serie no sería lo que es sin Kendrick, espléndida actriz (y cantante) que, atendiendo a su filmografía, parece tomarse “Love Life” como una sana autoparodia.

Pep Prieto. Periodista y escritor. Crítico de series en ‘El Món a RAC1’ y en el programa ‘Àrtic’ de Betevé. Autor del ensayo ‘Al filo del mañana’, sobre cine de viajes en el tiempo, y de ‘Poder absoluto’, sobre cine y política.