La serie entra en su temporada final manteniendo su apuesta por el thriller geopolítico que dialoga con los acontecimientos del mundo real

La de “Homeland” es la crónica de la supervivencia a uno mismo. La de Carrie Mathison, por descontado, porque debe ser el personaje que más veces ha bajado a los infiernos de la ficción moderna, pero también la de la misma serie, que se ha visto abocada a buscar su identidad mientras medio mundo le pedía que fuera otra cosa.

“Homeland” nos interpela situándonos en la complejamente de una protagonista que duda de ella misma mientras intenta salvar el mundo

Las tres primeras temporadas, las de los premios y el prestigio, llegaron a una catarsis inesperada que obligaba a sus responsables a reformular el arco dramático. Esto hizo que se dejaran de tonterías y se entregaran sin reservas al thriller geopolítico que flirtea constantemente con los acontecimientos del mundo real. Y es aquí donde “Homeland” ha mostrado su mejor cara: en el relato de espías que cuestiona las decisiones de los despachos y denuncia el miedo al diferente, que nos interpela situándonos en la compleja mente de una protagonista que duda de ella misma mientras intenta salvar el mundo.

Claire Danes a “Homeland”

Así, la serie, una de las pioneras en feminizar el punto de vista de un género tradicionalmente masculino, se ha acabado convirtiendo en el mejor reflejo de la política exterior norteamericana. Nos gusta porque, por más alocados que sean sus giros, la hemos visto factible. Nos creemos su juego de oscuridades, sus presidentes manipuladores y sus apuntes malévolos sobre intereses corporativos. La octava temporada, la final, está siendo muy coherente con estos principios y de alguna manera es la síntesis de sus grandes temas.

La temporada final de “Homeland” se articula a partir de los auténticos ejes de la serie: Carrie y Saul Berenson. La primera, porque es la metáfora de la fragilidad de un mundo lleno de amenazas latentes en la que se mezclan las convicciones y la necesidad de los refugios emocionales; el segundo, porque es el símbolo de lo podrido en los conflictos geopolíticos, basados en luchas de poder en las que siempre salen perdiendo los mismos.

Pocas series modernas pueden presumir de haberse sostenido ocho años con esta buena salud

Guionistas y directores tienen cogida la medida a la serie, y se nota en su alternancia de la radiografía íntima de los personajes y la construcción de una intriga muy solvente alrededor de las apariencias. Continúa sabiendo exprimir al máximo el valor de sus golpes de efecto (hay un atentado, por ejemplo, de clara inspiración hitchcockiana) y nos arrastra a un universo de política-ficción tan posibilista como verosímil.

“Homeland”

Es verdad que lleva un par de temporadas instalada en un cierto continuismo, y que realmente alargarla más la habría convertido en una caricatura, pero pocas series modernas pueden presumir de haberse sostenido ocho años con esta buena salud. Una buena prueba de su influencia es que, si te paras a pensar en su legado, buena parte de las series actuales del género (con “Jack Ryan” y “Mesías” a la cabeza) se parecen de una manera u otra.

Echaremos de menos a Carrie y a Saul, porque su extraña relación vendría a ser la misma que tenemos nosotros con ellos: les vemos las debilidades, pero al final son como de la familia.

Pep Prieto
Periodista y escritor. Crítico de series en ‘El Món a RAC1’ y en el programa “Àrtic” de Betevé. Autor del ensayo “Al filo del mañana”, sobre cine de viajes en el tiempo, y de “Poder absoluto”, sobre cine y política.