Un día te despiertas y tu hijo es el hombre más buscado del planeta. Un asesino despiadado. Un monstruo.

Así nace “La Víctima número 8.” Viendo un noticiario en la televisión. Uno de tantos. Uno que hablaba de un atentado yihadista en Europa. Un atentado de tantos, también.

La idea de “La Víctima número 8” surge al ver en la tele la fotografía de un presunto terrorista tras un atentado. Como tantas veces hemos visto, y tantas veremos, me temo. Y surge de hacerse una pregunta: ¿Quién hay detrás de esa foto? Y no hablo del protagonista en sí. ¿Qué hay detrás de la gente que le quiere? ¿Cómo reacciona un amigo, una novia, un hermano, una madre al ver la fotografía de su ser querido en las noticias acusándole de ser un asesino de masas?

¿Cómo afecta una cosa así a ese reducido grupúsculo de allegados?

¿Y cómo nos afecta a nosotros?

Estamos en una sociedad en que consumimos todo a marchas forzadas. Es la época del fast todo. Consumimos comida rápida, vestimos camisetas lowcost que se deshilachan a los seis meses, compramos móviles que nos duran apenas un año, vemos series completas en dos días… y sí, también consumimos noticias rápidas. Tragedias rápidas.

Dramas que olvidamos a velocidad de récord. Atentados terroristas, ataques de odio, accidentes aéreos, desastres naturales que, en función de lo cerca emocional y/o geográficamente que ocurran de nosotros, nos afectan en mayor o menor medida. Catástrofes que olvidamos a los pocos días. Semanas a lo sumo.

Todo pasa. Todo caduca. Todo se olvida.

Las tragedias prescriben. Pero no para los que son cercanos a las víctimas y a los verdugos. Personas a las que la tragedia acompañará toda la vida. Que les marcará. Cuya cicatriz nunca se va a borrar.

Ahí quisimos hacer foco en “La Víctima número 8.”

La serie nace del dolor de una madre. Una madre que, como hemos dicho, un día despierta descubriendo que su hijo es el hombre más buscado. Un hijo al que acusan de haber atropellado mortalmente a siete personas.

Y otra madre a la que la barbarie del terror ha arrebatado lo que más quería. La madre de una de las víctimas mortales.

Ahondar en el dolor de la madre de una víctima no era complicado. Pero el reto era profundizar en el dolor de la madre y los allegados del verdugo. Y también en el dolor del verdugo, claro que sí. La parte más oscura de la ecuación.

Muchos me decían: “Estás justificando a los asesinos”. Yo les contestaba: “Por supuesto”. Mi deber como guionista es justificar a todos mis personajes. Desde el sentido etimológico de la palabra: “Demostrar que algo es aceptable o adecuado”. Porque los que actúan como actúa un asesino de masas actúan pensando que lo que hacen es “aceptable o adecuado”. Mi labor como guionista es que todos mis personajes sean justos consigo mismos. Que actúen pensando que lo que hacen es “aceptable o adecuado”.

Este fue el desafío al que quise hacer frente junto a Sara Antuña, David Bermejo, Esther Morales y Abraham Sastre durante el proceso de escritura de “La Víctima número 8”.

Es cosa del espectador dirimir si logramos superarlo, o no.

Marc Cistaré es guionista y productor ejecutivo de las series “La Víctima número 8”, “Vis a Vis” y “Los hombres de Paco”. También ha participado como productor ejecutivo en “Caronte” y como guionista en “B&b De boca en boca” y “El Barco”, entre otras producciones.