«The End of the F***ing World” fue una perfecta road movie sobre la angustia adolescente

Narrada en forma de serie, con dos protagonistas desorientados en conflicto con un mundo adulto hostil y destinados, por supuesto, a un final trágico. De diner en diner, de gasolinera en gasolinera, James y Alyssa vivieron una historia de amor que era una última ilusión antes de acabar tirados en la cuneta. El final de la historia, en el cómic original y en la primera temporada de la serie, era poéticamente perfecto. (A partir de ahora spoilers de la segunda temporada). Era «un final idóneo», como admite el propio James cuando le explica a Alyssa qué fue de él tras ser abatido a tiros. Porque, efectivamente, James ha sido resucitado para que la historia de la pareja continuara. Y sí, digo resucitar, porque en una historia con un tono nihilista como ésta, creer que lo que vimos era un final abierto y que podía ser que James estuviera vivo era ser rematadamente optimista o abiertamente naif. A James nos lo mataron, y ese fue uno de los aciertos de la historia.

Dar marcha atrás y resucitar a James es una decisión que debe tener motivos de peso, como cualquier intento de alargar una historia que ya ha tenido una conclusión coherente. La guionista Charlie Covell y el autor del cómic original Charles Forsman, que ha colaborado en esta continuación, han optado por explorar las consecuencias de lo que hicieron. Es una idea similar a la de la segunda temporada de “Big Little Lies”, donde tras un final con un momento de gran impacto para la vida de sus protagonistas, se decide continuar la historia analizando cuáles han sido las consecuencias traumáticas que ese momento ha generado. Así, la segunda temporada de “The End of the F***ing World” sigue el mismo camino, presentándonos a una Alyssa que no puede dejar de revivir lo que ocurrió y a un James que desea volver a ver a Alyssa porque ha quedado unido a ella a través de esa experiencia. Si la primera temporada era una huida, podríamos decir que la segunda temporada es un regreso a casa (metafórico, al menos) para volver a la normalidad.

Si bien esta idea es interesante, el problema es que es mucho menos divertida. Alyssa y James ya no son esos personajes rebeldes con los que nos subimos al coche camino a la auto-destrucción. Son una sombra de sí mismos y pasan más tiempo discutiendo que generando una química atractiva para el espectador. La incorporación de Bonnie, que trae sus propios traumas y sólo sirve para reiterar temas que la serie ya había tocado, tampoco ayuda. La serie subraya constantemente los estados emocionales de los personajes con flashbacks y un acertado (aunque excesivo) uso de temas musicales, dejando poco espacio para que pensemos o sintamos por nosotros mismos. En comparación, la primera temporada era mucho más espontánea y natural, una historia genuinamente errática a pesar de su estructura lineal. La segunda temporada conduce a los tres personajes hasta la catarsis y el previsible final feliz en el que esta pareja de desubicados encuentra la paz el uno con el otro, poniendo un lazo que la historia realmente no necesitaba.


Toni de la Torre. Crítico de series de televisión. Trabaja en El Món de Rac 1, El Temps, Què fem, Ara Criatures, Sàpiens y Web Crític. Ha escrito libros sobre series de televisión. Profesor en la escuela de guión Showrunners BCN e le gusta dar conferencias sobre series. Destaca el Premi Bloc Catalunya, 2014.