“Hace 25 años que te quiero” se dicen en medio de una trifulca doméstica Charlotte Gainsbourg e Yvan Attal. Es un momento particularmente emocionante de Buenos principios, que dirige el segundo y protagonizan ambos, porque también es así en la vida real. Incluso habría que sumarle algún año más, pues comparten su vida desde 1991. La película no es pues tanto una muy libre adaptación de la hilarante novela de John Fante Al Oeste de Roma (Anagrama), en la que efectivamente se basa (aunque trasladando la acción de Malibú al País Vasco francés), como un nuevo capítulo filmado en la vida de esta extraordinariamente longeva pareja del cine francés.

La saga arrancó hace unos años con Mi mujer es una actriz (2001), una comedia absolutamente deliciosa, con Charlotte en su momento de máximo esplendor, y Attal en la piel de un periodista deportivo que vive fatal que su mujer sea tan famosa, y tan deseada por todo el mundo, desde los guardias de tráfico perdonamultas al veterano astro del amor (Terence Stamp) con el que ella tiene que rodar una escena de sexo fogoso.

Siguió Ils se marièrent et eurent beaucoup d’enfants (2004), siempre con Attal detrás de la cámara, aunque la película no se estrenó, lamentablemente, en nuestra piel de toro. Ahí ya tenía un pequeño papel Ben, uno de los tres hijos de la feliz pareja, que vuelve a aparecer, ya más crecidito, en Buenos principios, donde ejerce de postadolescente fumeta, cosa que viene tanto de la novela, a su vez basada en las vivencias de los Fante (cuyo hijo mayor, Nick, acabó falleciendo a consecuencia de sus adicciones), como del propio Ben que, como su padre ha reconocido, “también pasó por ahí”. Los porros, de hecho, juegan un papel esencial en la trama, ya que resultarán catárticos para la pareja en otra escena memorable. 

Buenos principios es pues una asignatura obligada para los fans de Fante, entre los que me cuento, como para los de los Attal, entre los que también me cuento, así como un espejo no demasiado complaciente para las parejas de larga duración, entre las que me vuelvo a contar. En lo que respecta a Charlotte e Yvan, se conocieron -no podía ser de otra forma- rodando una película: A los ojos del mundo (Éric Rochant, 1991), y enseguida volvieron a coincidir en el plató de Amoureuse (Jacques Doillon, 1992), en la que había mucho lío amoroso: Charlotte se quedaba embarazada, y no sabía quién era el padre. Uno de los candidatos podía ser Attal.

Ambos han reconocido que los principios de su relación fueron extremadamente complicados, y que esta ha tenido altibajos, las clásicas turbulencias, a lo largo de los años. Pero ahí siguen: juntos, dentro y fuera de la pantalla, irremediablemente enamorados, desmintiendo el tópico de que, en el mundo del cine, nada dura. Y han creado escuela, pues Guillaume Canet y Marion Cotillard llevan juntos desde 2007, y también se han divertido parodiando su vida de pareja en Cosas de la edad (2017), dirigida por Canet, además de trabajar juntos en Pequeñas mentiras sin importancia, y su reciente secuela.

Pero, ¿qué quieren que les diga? Si tuviera que escoger, me quedaba de calle con la hija de Serge Gainsbourg, y su marido a modo de simpático accesorio. Ella es infinitamente mejor actriz que la siempre algo pasmada Cotillard, por mucho que le dieran el Oscar por imitar a Edith Piaf. Para empezar, ha trabajado tres veces con Lars von Trier. Ninguna otra actriz en el mundo tiene tanto aguante. Y en lo que respecta a la longevidad, Cotillard y Canet no son más que unos meros principiantes: ¡Sólo llevan 12 años! Tampoco es un mal principio.


Philipp Engel (Barcelona, 1970): Formado en estudios literarios, trabajó 10 años en la industria discográfica, para luego consagrarse en el periodismo cultural. Así, ha colaborado en distintos medios, como ‘La Vanguardia’, ‘El Mundo’, ‘Qué Leer’, ‘Sensacine’, ‘Sofilm’ y ‘Fotogramas’, entre otros muchos.