La segunda temporada de la serie dedicada al personaje más popular de Tom Clancy todavía es más fiel al espíritu de los libros

La primera temporada de “Jack Ryan” supo atrapar a la audiencia y se convirtió en uno de esos títulos que más o menos todo el mundo disfruta, pero poca gente reivindica. Es, en el fondo, una víctima más de un síndrome muy extendido en los “actioners”, según el cual una serie está bien y se mira con fruición, pero por el hecho de tratarse de un producto de género es sistemáticamente apartado del concepto de “calidad”. Es un poco lo mismo que le pasa a “24”, poco mencionada cuando se habla de clásicos modernos de la televisión, o títulos tan recomendables como “Cóndor”, de los mejores de los últimos años, pese a que se insiste en tratarla como a un corredor de fondo.

La primera entrega de “Jack Ryan” salía airosa de una serie de decisiones que la vertían a despertar recelos entre los fans de la cosa. La más vistosa, la elección de John Krasinski para dar vida al protagonista, que el actor resolvía llenando el personaje de unos matices poco habituales de ver en producciones de este estilo, pero también el intento de la historia para ser más un híbrido entre “Homeland” y la saga de Jason Bourne que no una adaptación en toda regla de los libros de Tom Clancy. La fórmula le funcionaba, a pesar de todo, porque sabía romper el guion de no pocos clichés. El más importante, y no es un dato menor, la configuración del malo de la función, que los guionistas se empeñaban en no presentar como un terrorista al uso.

La segunda temporada, recientemente estrenada en Amazon Prime, mantiene sus aires referenciales (hay una persecución por Londres claramente inspirada en “Misión: Imposible”), pero sube la apuesta del frente que su predecesora descuidaba. “Jack Ryan” deja de banda el hiperrealismo sin acabar de traicionarlo del todo y se entrega a un espectáculo de acción y suspense que busca capturar la esencia de los relatos de Clancy. Y lo consigue. De acuerdo, ideológicamente se vuelve mucho más ambigua y, de acuerdo, hay situaciones (la que plantea en el último episodio, por ejemplo) que son dignas de una producción de la Cannon. Pero aquí la pregunta a hacer es: ¿Y qué? Aquí residía la gracia de las novelas de Clancy y también de esta serie, la capacidad de hacer un diagnóstico de las intrigas geopolíticas del mundo convirtiéndolo en un baile de bastones sin complejos.

En “Jack Ryan” hay acción muy bien rodada, malos de opereta (ni más ni menos que el presidente de Venezuela, interpretado por Jordi Mollà), toques de “buddy movie”, espías sofisticados y venganzas bíblicas. Hay dardos a la burocracia, a los falsos patriotas y a la oscuridad administrativa; también humor enterrado, personajes que evolucionan y homenajes a los otros Ryan de la pantalla. Krasinski le ha cogido el tono al personaje, y Wendell Pierce y Michael Kelly encarnan el tipo de secundario que mejora la función cada vez que aparece. No cambiará el género, pero es que tampoco lo pretende. Y en este tiempo de series largas hasta la extenuación, que una de ellas sepa tener la medida justa y hasta se haga corta es un mérito digno de aplaudir.


Pep Prieto: Periodista y escritor. Crítico de series en ‘El Món a RAC1’ y en el programa “Àrtic” de Betevé. Autor del ensayo “Al filo del mañana”, sobre cine de viajes en el tiempo, y de “Poder absoluto”, sobre cine y política.