La serie es delicada a la hora de tratar aquellos momentos de encuentros fugaces, que en el momento son magníficos pero condenados a ser efímeros

‘Modern love’ podría ser la típica serie romántica para ver tirado en el sofá, comiendo una tarrina de un kilo de helado de vainilla con macadamia. Podría ser el enésimo aprovechamiento de Nueva York como escenario “cuqui” sobre el cual hacer deambular personajes encantadores que no se acaban de decidir sobre si darse un beso pero que -¡espera!- en la última escena por fin se lo dan. Podría ser una copia de las comedias amorosas de Woody Allen, con sus personajes de clase alta, ahora que Manhattan se ha convertido ya en una ciudad para millonarios.

Pues no. Tiene un poco de todo esto, seguro, pero esta serie de Amazon -que acaba de renovar para una segunda temporada- consigue marcar un perfil propio y, sutilmente, romper algunas de las normas de su género. Sigue siendo una ‘feel good’ serie que no desafía ningún convencionalismo, pero está muy bien manufacturada y hace desfilar a un grupo de intérpretes solventes: Anne Hathaway, John Slattery, Tina Fey o Andy Garcia, por decir algunos.

Que el origen de estas historias sea una columna ya mítica de ‘The New York Times’ ayuda a entender por qué esta serie, basada en experiencias reales de los lectores, tiene el aire de las historias perfectas

Muchos capítulos tienen la típica tensión sexual no resuelta que hace de hilo conductor de la historia. Pero, en lugar de acabar resolviéndola -en un sentido o en el contrario-, los giros de guion hacen que acabemos descubriendo caras del amor menos sudadas televisivamente hablando. En dos de los capítulos, lo que empieza pareciendo una atracción de tipo romántico, o sexual, acaba evidenciando una relación de amor paternal que desafía algún cliché. La serie es también delicada a la hora de tratar aquellos momentos de encuentros fugaces, que en el momento son magníficos pero condenados a ser efímeros.

Aunque ‘Modern love’ se encuadra claramente dentro de las ficciones para evadirse, hay una vertiente política evidente. La serie va a buscar el público urbanita y progresista: los que deambulan por el Upper West Side con una taza de cartón del Starbucks, con un chai latte de cinco dólares. Entre los protagonistas hay una periodista cultural que lee un libro al día, una sintecho ilustrada, un periodista enamoradizo, una fotógrafa aventurera, parejas que resuelven sus problemas yendo a terapia… Una de las historias incluye amor homosexual, interracial y adopción de niños. O sea: la pesadilla perfecta del conservador americano. Que el origen de estas historias sea una columna ya mítica de ‘The New York Times’ ayuda a entender por qué esta serie, basada en experiencias reales de los lectores, tiene el aire de las historias perfectas, que flotan un par de palmos por encima de la realidad.

Los amantes del ‘dirty realism’ tendrán un ataque de diabetes, con el exceso de azúcar que supuran los episodios. Pero para el espectador sin prejuicios que no le importa hartarse de vez en cuando con algún placer culpable, la serie se desliza muy fluidamente, y sirve de refugio para aquellos a quienes la estridencia de la era Trump les está costando un poco de atravesar.


Àlex Gutiérrez es periodista, especialitzado en medios de comunicación y audiovisual. Actualmente trabaja en el diari ARA, como jefe de la sección de Media y autor de la columna diaria ‘Pareu Màquines’, donde hace crítica de prensa. En la radio, colabora en ‘El Matí de Catalunya Ràdio’, con Mònica Terribas y a el ”Irradiador’, de iCatFM. También es profesor en la Universitat Pompeu Fabra. Su capacitat visionaria queda patente en una colección de unos cuantos miles de CDs, perfectamente inútiles en la era de la muerte de los soportes físicos.