El estreno de “American Horror Story: 1984” ha revalidado la vigencia de una de las facetas más divertidas y rentables del cine de terror

El reciente estreno de la novena temporada de “American Horror Story”, subtitulada muy acertadamente “1984”, ha constatado la buena forma del “slasher”, un género al que se le ha acusado de insustancial, pero es una de las narrativas que más y mejor ha retratado los traumas generacionales y las derivas políticas y sociológicas. No se trata solo de asesinos en busca y captura de personajes absurdos, o de una sucesión de atrocidades diseñadas para conseguir el aplauso del fan.

El género también fue pionero en el apoderamiento de las heroínas, ha sido fundamental para entender los miedos colectivos durante décadas y ha entendido que en estas carrerillas para salvar la vida y en estas preguntas y afirmaciones premonitorias (“¿Hola? ¿Hay alguien?” “Quedaros aquí, ahora vuelvo”) hay un sentido de lo absurdo que resume la nuestra misma existencia. ¿O no acabamos siendo, los espectadores, cómplices del asesino, pensando que las víctimas han hecho algo para merecerlo? Al final, las “final girls” del género nos dan una lección de supervivencia, pero sobre todo de moral: triunfan cuando nosotros nos hubiéramos rendido. Por eso recordamos tanto al verdugo como la víctima que no se quiere resignar a serlo, y también por este motivo este estilo de cine ha acabado siendo un espejo de los monstruos que nos acosan.


Son, todas estas películas y los rostros del mal que nos muestran, imprescindibles para cualquier noche de Halloween. Pero conviene reivindicarlos más allá de las fechas señaladas porque el género, como sus protagonistas, no muere ni morirá nunca

American Horror Story 1984

No se puede hablar de “slashers” sin hacerlo de tres asesinos que simbolizan tres ejes fundamentales de nuestros terrores más íntimos. Michael Myers, protagonista de la saga “Halloween”, encarna el miedo cotidiano, la figura que nos espera en la esquina, el ser sin cara que nos observa en la lejanía en plena luz del día; Jason Vorhees, de “Viernes 13”, es el asesino que nace de la irracionalidad, la metáfora del final de la inocencia, de los peligros de la vida adulta; y Freddy Krueger, el hombre del saco de Elm Street, se erige en el profanador de nuestros sueños, el rostro de los pecados de los padres, la canción de cuna que nos acaba estremeciendo.

El género, consciente de sus mecanismos, supo evolucionar hacia nuevos horizontes expresivos y se volvió metalingüístico, iniciando un flirteo con el humor (negro) que pervive hasta la actualidad. Esta es su esencia actual: como sabe que el público ha aprendido a leer sus códigos de representación, le invita a reflexionar sobre su propia forma de explicarse. Lo hizo en la saga “Scream”, una magnífica clase de cine, y también en títulos como “Sé lo que hicisteis el último verano”, “Muñeco diabólico”, “Destino final” (sobre todo la primera, la tercera y la quinta) o las dos películas “Feliz día de tu muerte”. Sin olvidar aportaciones de serie B (sin que esto sirva de demérito) como “The Collector”, “Hatchet”, “Maniac Cop” o la primera “Jeepers Creepers”.

Son, todas estas películas y los rostros del mal que nos muestran, imprescindibles para cualquier noche de Halloween. Pero conviene reivindicarlos más allá de las fechas señaladas porque el género, como sus protagonistas, no muere ni morirá nunca.


Pep Prieto: Periodista y escritor. Crítico de series en ‘El Món a RAC1’ y en el programa “Àrtic” de Betevé. Autor del ensayo “Al filo del mañana”, sobre cine de viajes en el tiempo, y de “Poder absoluto”, sobre cine y política.