La serie de HBO reformula el cómic preservando el espíritu y adaptando las lecturas políticas a la era de Trump

El cómic “Watchmen” de Alan Moore y Dave Gibbons no solo es una apasionante reflexión sobre el papel del superhéroe en las sociedades modernas y una metáfora de una era marcada por los mandatos de Reagan y Thatcher. Es, también, una de las obras que más ha contribuido a consolidar la dimensión cultural de las viñetas. Ahora se acepta como obra de arte e influencia decisiva en la narrativa audiovisual, pero durante mucho tiempo el cómic tuvo que abrise camino a codazos para hacerse valer, y sin “Watchmen” seguramente no hubiera llegado a ser lo que es. El año 2009, Zack Snyder se aventuró a llevarlo al cine, y la temeridad no podría haber salido más redonda: el cineasta conseguía respetar punto por punto la iconografía de la obra, y sin renunciar a ninguna de sus incorrecciones políticas. Por eso había dudas respeto a este “Watchmen” de Damon Lindelof para HBO. Una nueva versión de vocación caligráfica no tenía ningún sentido porque Snyder ya dijo la última palabra sobre el tema; y teniendo en cuenta que Lindelof tiene un estilo inconfesable, costaba imaginar cómo encajaría en una historia ambientada en el imaginario de Moore y Gibbons. La verdad es que, a la espera de ver cómo se resuelve, al menos el primer tercio de la serie sabe formular el material y convertirlo en una excelente reivindicación de su legado. Y tiene mucho mérito. 


No es ninguna casualidad: Lindelof y su equipo hacen un “Watchmen” de los tiempos de Donald Trump, en que los conflictos sociales parecen propios de eras pasadas y la perspectiva política tiene más de distopía que de realidad.

El “Watchmen” de HBO toma unas cuantas decisiones que lo alejan de entrada del original. La primera, que la trama principal se sitúa en el 2019, y por lo tanto, hay una voluntad de reseguir los ecos del cómic; la otra, que traslada la acción a Tulsa, en medio de un conflicto racial que apela a la regresión de derechos y libertades. No es ninguna casualidad: Lindelof y su equipo hacen un “Watchmen” de los tiempos de Donald Trump, en que los conflictos sociales parecen propios de eras pasadas y la perspectiva política tiene más de distopía que de realidad. La serie acierta de pleno a la hora de preservar el espíritu del cómic, con su retrato de un mundo abocado a una degradación de la moral colectiva, y a la vez expande su universo para erigirse en un espejo del presente. La apuesta es arriesgada, porque si bien conjuga algunos conceptos para los fans del género (atención a la introducción de personajes del cómic de Moore y Gibbons), no tiene ni el ritmo ni la condescendencia de un producto convencional. Es una serie dura de digerir, que va a su aire, y también es enigmática. Dispara y se toma su tiempo para describir cada rol y cada decisión creativa. Dialoga con su referente y también lo lleva hasta terrenos desconocidos, un poco como hacía “The Leftovers” en relación a las series de su momento. En su día, el eslogan del cómic rezaba: “¿Quién vigila a los vigilantes? Pues bien, los “Watchmen” modernos han encontrado en Lindelof al vigilante perfecto, porque hace qua dialoguen narrativas y planos temporales con una solvencia indiscutible. 

Pep Prieto: Periodista y escritor. Crítico de series en ‘El Món a RAC1’ y en el programa “Àrtic” de Betevé. Autor del ensayo “Al filo del mañana”, sobre cine de viajes en el tiempo, y de “Poder absoluto”, sobre cine y política.