Los trasuntos del propio Allen que habitan sus últimas obras deben elegir a menudo entre el amor que toca y el amor que apetece

‘Día de lluvia en Nueva York’ supone el retorno de Woody Allen a su querida Manhattan, después de un periplo en los últimos años que le ha llevado a rodar a París, Roma, Londres, Coney Island o Barcelona. Pero, en verdad, el cineasta se ha movido mucho menos de lo que parece: por mucho que las ciudades que decoran las películas cambien, toda su obra pasa por el mismo sitio. Es el universo Allen, que su creador ha llenado de cine, romances, personajes de réplicas afiladas y, sobre todo, mujeres jóvenes y atractivas que hacen volverse locos a los hombres que se cruzan en su camino.

Se le acusa a veces de inverosímil, que es una de las acusaciones más nefastas que se le puede hacer a cualquier cineasta, teniendo en cuenta que maneja el arte de los sueños y los fantasmas. Allen no hace películas de género fantástico y, en casi todos los títulos de los últimos años la magia aparece referenciada aquí y allá. Desde el ilusionismo de “Scoop” a la hipnosis de “La maldición del escorpión de Jade”. Desde la maldición mitológica de “El sueño de Cassandra” hasta el tarot de “Conocerás al hombre de tus sueños”. En otras ocasiones, es el mismo cine quien proporciona la puerta para escapar de la fisicidad, como en “La rosa púrpura de El Cairo” o “Misterioso asesinato en Manhattan”. Y el alcohol que beben los protagonistas de ‘Blue Jasmine’ y ‘Wonder wheel’ funciona también como vía para alienarse.




El gran tema del cine de Woody Allen es cómo hacer frente a la angustia existencial. Y la respuesta es clara: la evasión que proporciona el amor romántico. En este sentido, en “Día de lluvia en Nueva York” se repite un esquema clásico de su cine: el protagonista sufre por culpa de un amor disfuncional. Los trasuntos del propio Allen que habitan sus últimas obras deben elegir a menudo entre el amor que toca y el amor que apetece. Dependiendo del optimismo de aquel año, triunfa uno o el otro. El año de ‘Match Point’, por ejemplo, no fue especialmente alegre.


El cineasta va envejeciendo y ya es octogenario, pero su yo en la pantalla sigue siendo un joven tan neurótico como encantador, capaz de seducir a la más bella del baile

Es absurdo, por lo tanto, juzgar sus películas con el prisma realista. Sus historias son fantasías en el entorno del amor romántico. Si Allen imitó a Fellini o Bergman a finales del siglo pasado, ahora es Rohmer y sus cuentos morales el gran referente:  historietas pensadas para contemplar desde una cierta distancia y extraer una moral. Y la moral es que la evasión, en forma de romance inconveniente, es la única cosa que distrae del peso constante de la autoconciencia de mortalidad.

El cineasta va envejeciendo y ya es octogenario, pero su yo en la pantalla sigue siendo un joven tan neurótico como encantador, capaz de seducir a la más bella del baile. La deliciosa “Día de lluvia en Nueva York” es el último ejemplo de cómo este Houdini del cine utiliza  su truco una vez más y escapa de las cadenas de la realidad. Bergman hacía jugar a Max Von Sydow al ajedrez contra la muerte. Allen es de entretenimientos más ligeros.  

Àlex Gutiérrez es periodista, especialitzado en medios de comunicación y audiovisual. Actualmente trabaja en el diari ARA, como jefe de la sección de Media y autor de la columna diaria ‘Pareu Màquines’, donde hace crítica de prensa. En la radio, colabora en ‘El Matí de Catalunya Ràdio’, con Mònica Terribas y a el ”Irradiador’, de iCatFM. También es profesor en la Universitat Pompeu Fabra. Su capacitat visionaria queda patente en una colección de unos cuantos miles de CDs, perfectamente inútiles en la era de la muerte de los soportes físicos.