La música, la ropa de los personajes, los ‘walkie talkie’, los coches… nos llevan (no sin nostalgia) a los 80. Se respira una época que ya no existe, pero que se nos trae a la vida como si nunca se hubiera ido.

Hoy es la serie de Netflix mejor valorada por el público en IMDB, que recoge millones de puntuaciones de espectadores de todo el mundo. La plataforma, incluso, prepara una película con Millie Bobby Brown, la protagonista.

Si hay algo que admirar de la serie ‘Stranger Things’ es el cariño con el que se recrean los espacios. En nuestra casa, probablemente, tenemos un móvil, un ordenador portátil y una televisión en color, pero tras la pantalla… tras la pantalla hay un mágico viaje en el tiempo. La música, la ropa de los personajes, los ‘walkie talkie’, los coches… nos llevan (no sin nostalgia) a los 80. Se respira una época que ya no existe, pero que se nos trae a la vida como si nunca se hubiera ido.

Engancharnos a la trama es muy fácil…  Nos lo pasamos bien con la ‘trupe’ y, sin darnos cuenta, llegamos al final de un capítulo y ya estamos acabando el siguiente.

Con este escenario que ahora cariñosamente apodamos ‘retro’, nos ponemos en situación para vivir las locas aventuras de unos niños que (es evidente) han crecido. Ya no son aquellos chavales que pasaban todo el tiempo juntos, entretenidos en juegos de frikis, o ‘nerds’, como se autollaman. Son adolescentes y tienen otras preocupaciones, como el amor. La evolución de los personajes es, precisamente, la gracia de esta tercera temporada. Tenemos, por un lado, un escenario construido con sumo cuidado y, por otro, un reparto al que vemos hacerse mayor, con todo lo que ello conlleva.

Nos queda un ingrediente: la acción. Nuevos villanos de carne y hueso a los que enfrentarse, y detrás, un peligro que ya conocemos. Engancharnos a la trama es muy fácil…  Nos lo pasamos bien con la ‘trupe’ y, sin darnos cuenta, llegamos al final de un capítulo y ya estamos acabando el siguiente. Pasamos de desearle fuerzas a Once y de reírnos con los afeminados gritos de Dustin a sufrir por Billy y sus impulsos demoníacos. Billy… el personaje-descubrimiento de la temporada. Ya lo conocíamos, pero ha cambiado, y nos encanta.

Nos gusta también Murray Bauman, el amigo friki que sabe ruso y cuya ayuda es imprescindible para resolver la trama (¿hay algo más gracioso que su cara al conocer el apodo que le ponen los niños en el ‘walkie talkie’?). Qué decir del curioso Dr. Alexei y su afición por las bebidas azucaradas… Destaca también la pareja Nancy-Jonathan, tan dulce como siempre y con esas imperiosas inquietudes por descubrir la verdad. Pero sobre todo, más allá de estos personajes, nos gana una secuencia: el momento en que Dustin y Suzie cantan ‘Never Ending Story’. Sublime. 

En el lado negativo, muy a nuestro pesar, está el sheriff Hopper. En esta nueva temporada lo descubrimos un poco pasado de vueltas. Si en la segunda temporada lo vimos enfadado por encima de sus posibilidades, esta vez roza el mal genio sin sentido. Lo vemos constantemente enfurruñado, reaccionando incluso de forma exagerada a situaciones que no lo merecen. Crítica aquí también para Will, demasiado empeñado en no crecer, cuando, justamente, el salseo de esta nueva temporada es ver cómo el tiempo pasa, inexorablemente, por cada uno de ellos.

Bárbara Padilla: Colaboradora en la sección de Series de ‘La Vanguardia’. Redactora y Locutora de Informativos en RAC1. Periodista desde 2007 en el área de Barcelona. Aficionada al cine desde que tiene uso de razón y a las series desde el boom de Netflix.