A ese coitus interruptus al que nos ha acostumbrado el cine mainstream de nuestros días le faltaba la conclusión de la historia. Y por fin ya la tenemos.

Dejando de lado la mayor o menor fidelidad al texto original, la mayoría de las adaptaciones cinematográficas de las diferentes novelas y relatos escritos por Stephen King se mueven entre el aprobado justito y el suspenso total, y están más bien lejos de los logros conseguidos por Brian de Palma (“Carrie”), Stanley Kubrick (“El resplandor”), Rob Reiner (“Cuenta conmigo”, “Misery”) o Frank Darabont (“Cadena perpetua”, “La milla verde”), los directores que mejor han sabido captar la esencia, cada uno a su manera, del genio de Maine.

¿Y dónde estaría la película de Andy Muschetti que abría el díptico dedicado a una de las mejores novelas de King y que se convirtió en la película de terror más taquillera de la historia? A mi entender, justo en medio de unas y otras. Pero a ese coitus interruptus al que nos ha acostumbrado el cine mainstream de nuestros días le faltaba la conclusión de la historia. Y por fin ya la tenemos.

Y ese es el gran problema de la cinta. Ese, y que el hecho de dividir la novela en dos películas y desmontar la narrativa del libro donde los saltos temporales entre pasado y presente son continuos añadía una dificultad extra

“It. Capítulo 2” quiere ser esa película que debe contentar a, en primer lugar, quienes vieron la primera película; seguidamente a los fans de la novela, que no quieren ver ni una sombra de traición respecto al prolijo relato de Stephen King; después a los fans del cine de terror que busca caminos menos trillados -que no son los mismos que los fans de la novela, aunque algunos los quieran meter en el mismo saco-; también a los incondicionales del género; y finalmente, a sus responsables, que buscan que recaude tanto o más que la otra. Y ese es el gran problema de la cinta. Ese, y que el hecho de dividir la novela en dos películas y desmontar la narrativa del libro donde los saltos temporales entre pasado y presente son continuos añadía una dificultad extra, e hicieron un apaño: la primera película tendría hechuras de “Stranger Things”, y por ende, de “Los Goonies” pasado por un tamiz terrorífico, mientras que la segunda sí debería contener esos saltos para poder explicar los traumas a los que deben enfrentarse los protagonistas de forma individual, pero manteniendo el estilo de la primera entrega.

Sembrada de referencias varias y guiños al cine de terror -ese homenaje a “Pesadilla en Elm Street” concentrado en la quinta parte, la dirigida por Stephen Hopkins o ese cameo impagable-, la película tiene una imponente factura y un cuidado diseño de producción en el que se nota el presupuesto mucho mayor para imponer un terror adulto más perturbador, y así mostrar como aquellos hechos de hace 27 años marcaron sus vidas y que han sido incapaces de dejar atrás aquellos traumas provocados por el payaso Pennywise. Es decir, quiere transitar por caminos más tortuosos, pero en realidad hace mucho ruido.

El guión decide explorar las historias de cada uno de ellos en su versión adulta combinada con la versión infantil para poder ligarlo todo como un all-i-oli en algunos momentos un tanto indigestos, y no cabe duda de que pesan, y mucho, esos 165 minutos, con un tramo alargado hasta la saciedad. Pero en este gran guiñol donde también hay sustos, como no, también hay buenas decisiones, como ese cásting adulto donde brilla con luz propia Bill Hader como Richie, aportando los necesarios toques cómicos. Actores que han sabido captar la esencia de la historia que dan vida a ese grupo de perdedores. Porque en realidad, todos hemos sido perdedores. Ayer, hoy y siempre.

Blai Morell. Cinéfilo, cinéfago y crítico. Trabaja en Rac 1, QuèFem y Fotogramas.