Sylvester Stallone ha ido depurando el personaje hasta convertirlo en un símbolo de las esencias del género

Siempre se ha dicho que la primera aventura de John Rambo, “Acorralado”, era la buena, y continúa siendo cierto: es, fundamentalmente, una película de denuncia, concretamente de cómo la administración norteamericana abandona a los soldados una vez han librado sus guerras. “Acorralado” era en el cine de acción lo que la canción “Borne in the USA” de Bruce Springsteen a la música, porque los dos casos se han prestado a equívocos ideológicos cuando en realidad son mucho más de lo que aparentan.

Son la radiografía de una era, de un fracaso colectivo, y también una aproximación a sus antihéroes. La segunda entrega también fue hija de su tiempo, pero en un sentido diferente. “Rambo” llega en pleno mandato de Reagan y, naturalmente, se erige en una síntesis de su política exterior. “Ahora nos toca ganar a nosotros”, le dice el protagonista a Trautman. Lo mismo vale por “Rambo III”, situada en Afganistán y heredera de los planteamientos del sucesor de Reagan, George Bush.

En este film tan sencillo como efectivo (y ultraviolento: pocas veces se ha visto una carnicería tan recreativa en un campo de batalla), Stallone no quiere hacer ningún “revival” ni apelar a ninguna nostalgia. Le devuelve su condición de antihéroe, en este caso crepuscular, demacrado y descreído.

En ambos casos, sí, se trata de cine de propaganda, pero tampoco se esconde de serlo y todavía hoy son un paradigma de diversión sin complejos. Sylvester Stallone no recuperó el personaje hasta después de dos décadas en “John Rambo” y de nuevo demostraba que sabía convertirlo en la perfecta metáfora de su tiempo. En este film tan sencillo como efectivo (y ultraviolento: pocas veces se ha visto una carnicería tan recreativa en un campo de batalla), Stallone no quiere hacer ningún “revival” ni apelar a ninguna nostalgia. Le devuelve su condición de antihéroe, en este caso crepuscular, demacrado y descreído.

“Rambo: Last Blood” se estrena diez años después de la cuarta entrega y reincide en su estilo, pero llevándolo todavía algo más lejos. No tiene nada de original desde el punto de vista argumental (es una suma de “Homefront”, escrita por el mismo Stallone, y la saga “Taken”), pero se depura el personaje hasta extremos realmente inesperados. Rambo es ahora un tipo de espectro, un eco de otros tiempos que vuelve a la vida para una sangrienta venganza que sitúa la película en algún punto del western y lo “survival” pasado de revoluciones.

Stallone recupera las esencias perdidas del género, aquellas en que la violencia no pide permiso y las hostias hacen mucho daño, en que la sangre salpica sin contemplaciones y no hay paz para los malvados. Un cine estomacal, valiente, que desafía cualquier tic moderno del género para regalar 90 minutos de cuerpos mutilados y revanchas ancestrales. Rambo, aquel personaje que imitaban tantos y tantos “exploits” de videoclub, se ha convertido en uno de ellos, orgulloso de serlo y celebrando la vigencia de sus formas. Y certifica un dato que se dice poco pero es muy relevante: Stallone es el creador que más y mejor sabe poner al día sus personajes. Se llamen Rambo o Rocky, tienen el don de recordarnos que los viejos rockeros nunca mueren.

Pep Prieto: Periodista y escritor. Crítico de series en ‘El Món a RAC1’ y en el programa “Àrtic” de Betevé. Autor del ensayo “Al filo del mañana”, sobre cine de viajes en el tiempo, y de “Poder absoluto”, sobre cine y política.