La serie de Netflix no tendría que haber durado más de una temporada, pero la tercera al menos construye un thriller con unos mínimos de dignidad

“Por trece razones” era la historia del trágico suicidio de Hannah Baker y nunca tendría que haber sido otra cosa. La segunda temporada de la serie era terrible por su voluntad de exprimir unos personajes que ya no daban por más, por su forzada autoconciencia didáctica (las controversias lo habían vuelto una serie con espíritu pedagógico, y esto la llevó a renunciar a cualquier sutilidad) y por la sensación que no sabían muy bien por donde echar. Era una serie sobre las secuelas emocionales de la pérdida de Hanna? Era un alegato contra la tenencia de armas? Ni ellos mismos parecían saberlo. Con este precedente, era lógico esperarse el peor de la tercera temporada, la primera sin Hannah y con una premisa anunciada desde la primera escena del tráiler: Bryce, el violador y agresor del instituto, ha muerto, y la trama gira alrededor de quién ha acabado con su vida. Contra todo pronóstico, sin ser jefe maravilla, resulta que tiene cosas aprovechables y a ratos llega a parecer que la serie pide perdón por sus propias decisiones creativas. Si se asume que efectivamente “Portrece razones” no tendría que haber pasado nunca de la primera temporada, si te abstraes del hecho que lo alargan hasta la desesperación y que la historia está llena de trampas narrativas y giros aleatorios, la tercera consigue entretener mucho porque al menos construye un thriller con unos mínimos de dignidad.

El primero que llama la atención de la tercera entrega de “Por trece razones” es como corrige la suya deriva volviendo a la estructura original: hay un muerto, unos motivos y una profundización a cada capítulo en los personajes que podrían tener que ver. En este caso, al tratarse de un asesinato, sus artífices aciertan a darle un aire Agata Christie, con esta idea palpitante que cualquiera lo habría podido hacer porque quien más quien menos tenía un pretexto y una oportunidad para hacerlo. Hace trampa porque envuelve la troca innecesariamente, porque esconde demasiada información de cada personaje y porque, un golpe más, la vocación ejemplar y didáctica no siempre conjuga bien con los matices de la trama. Pero para ser justos, también hace bien unas cuántas cosas. La más vistosa, el personaje de Bryce y el loable esfuerzo para mostrarlo desde unos perspectiva diferente en un mundo abocado a la ausencia de grises, pero también acierta en los saltos temporales, jugando con los formatos y el tráfico de los personajes por la escena, o por algunos clímax de notable intensidad dramática, en particular aquellos que tienen que ver con los diferentes puntos de vista sobre un mismo suceso. Enmienda todos los errores propios de continuar una historia que ya se tendría que haber acabado? No, porque “Por trece razones” ya parece más preocupada al generar debate que no al encontrar una alma propia, y es víctima de esta política de Netflix de rodar trece episodios de una hora. Pero la tercera temporada al menos no toma el pelo y acaba pagando más la pena del previsto por el gran trabajo de todos los intérpretes, que a menudo son más convincentes que el mismo guion.

Pep Prieto: Periodista y escritor. Crítico de series en ‘El Món a RAC1’ y en el programa “Àrtic” de Betevé. Autor del ensayo “Al filo del mañana”, sobre cine de viajes en el tiempo, y de “Poder absoluto”, sobre cine y política.