Lo mejor, sin duda, es la manera que tiene Plaza de actualizar el género, con humor y deliciosas ocurrencias.

Paco Plaza está en racha desde que dejó atrás la saga “[Rec]”. “Verónica” (2017), esa ambigua oda al angst adolescente vestida de posesión infernal, podía de hecho recordar al traumático primer episodio de la saga que lanzó junto a Jaume Balagueró. Ahí un señorial bloque de pisos del Eixample barcelonés, aquí uno más proletario del Vallecas de 1991. En ambos caso, la realidad infectada por el fantástico. Pero, con “Quien a hierro mata”, que llega a las salas climatizadas el 30 de agosto, el cineasta valenciano se quita la mochila del cine fantástico, con la que ha acarreado a lo largo de toda su carrera, para abrazar un cierto realismo: el del narco-thriller a la gallega.

Si “Fariña”, la serie creada por Ramón Campos a partir del best-seller de Nacho Carretero, nos cuenta una década de narcotráfico, la de los 90, Plaza capta el aquí y ahora del tema, aunque guardando una conexión con el pasado, materializada en ese bar en el que todavía suenan Los Suaves, como si no hubiera llovido desde entonces. Esa conexión es la que llevará al siempre intenso Luis Tosar, bajo la bata blanca de un entregado enfermero, a vengarse de un histórico narco local, que se ve obligado a recluirse en una residencia por ser víctima de una enfermedad degenerativa. A este último le da vida y muerte Xan Cejudo, que falleció poco después del rodaje, y a quien va dedicado el filme. Esa es la parte más dramática, que funciona sobre todo gracias al capo postrado. Aunque, pese al título, no es lo mejor de “Quien a hierro mata”.

Lo mejor, sin duda, es la manera que tiene Plaza de actualizar el género, con humor y deliciosas ocurrencias. Muy lejos de las pelucas y de los excesos de maquillaje de “Fariña” (tan evidentes, que ha inspirado varios posts en el blog de  Don Disfraz), los personajes pertenecientes al mundo de la droga de “Quien a hierro mata” resultan totalmente creíbles, empezando por el Antonio Padín de Cejudo, y siguiendo con sus hijos, que no han heredado su natural don para los negocios. Tanto el madrileño Ismael Martínez como el catalán Enric Auquer se han trabajado a fondo el acento gallego. Martínez hace como de Tony Montana desorientado. Pero la labor del hasta ahora poco conocido actor catalán resulta extraordinaria. La suma de su peculiar físico nervioso, como de pastillero exaltado, y el look chandalero compuesto por la responsable de vestuario Vinyet Escobar, le han convertido en un auténtico narco trapero, lo cual es un enorme acierto.

A sabiendas del constante enaltecimiento del dinero y las drogas en esa música latina, del reggaetón al trap, que lo domina todo, la creación de un personaje como el de Kike es algo que tenía que suceder. El broche lo pone Yung Beef, que ha cedido su “Ready pa morir” para una escena clave del filme. Recordemos que Beef arrastra su propio pasado de traficante, y que hace un lustro definió el entonces emergente trap español como “cocaína y follar”, lo cual podría sintetizar perfectamente de uno de esos traficantes que, ahora mismo, pululan por las Rías.

Philipp Engel (Barcelona, 1970): Formado en estudios literarios, trabajó 10 años en la industria discográfica, para luego consagrarse en el periodismo cultural. Así, ha colaborado en distintos medios, como ‘La Vanguardia’, ‘El Mundo’, ‘Qué Leer’, ‘Sensacine’, ‘Sofilm’ y ‘Fotogramas’, entre otros muchos.