En tanto que comedia romántica con aventuras, monstruos, caos y la pertinente salvación del mundo de una amenaza peligrosa, la película funciona como un reloj

“Antes de ver Spider-man: Lejos de casa”, la principal pregunta que uno podía hacerse –sobre todo si se tiene el alma nerdy, y nos preocupa la continuidad del Marvel Cinematic Universe, caramelo visual y saga palomitera como pocas– es cómo concluiría el arco argumental que ya se había comenzado a cerrar con “Vengadores: Endgame”, y en qué punto quedaría antes de que los estudios se pusieran a estrenar –ya a partir de 2020, este año no da tiempo a más– su todavía misteriosa Fase 4. Recordemos: tras el final de “Vengadores”, la mayoría de los personajes que han protagonizado las cintas de la saga de superhéroes más larga y millonaria de la historia o están muertos, o han envejecido, o se han jubilado, o están perdidos en otras galaxias.

El Proyecto Vengadores, por tanto, es historia, pero se entiende que habrá nuevas amenazas contra la Tierra, o en el cosmos entero, y alguien tendrá que deshacer los entuertos. El mundo busca un nuevo Iron-Man, y así es como la segunda entrega del Hombre Araña dentro de la franquicia encaja con el pasado y anticipa el presente: Spider-Man será el nuevo líder de lo que tenga que venir. Pero no sabemos con quién, ni para qué. Dentro de una narrativa más ambiciosa, esta pieza es importante, pero no deja de ser tampoco una película bisagra. Por lo demás, “Spider-Man: Lejos de casa” funciona por sí sola, y es en función de esa autonomía como debemos evaluarla.

Lo primero: es entretenida, aporta dos horas de diversión frenética que se pasan volando y, como tantas películas que no aspiran a ser más que eso –es decir, que no tienen la carga filosófica o política de un “Capitán América: Guerra civil” o de las dos últimas de “Vengadores”–, su capacidad nutritiva es la de un helado de fresa en comparación con la de un bol de ramen. Lo nuevo de Spider-man es una comedia juvenil con un toque romántico –que se acerca a veces al universo de John Hugues, o al humor cafre de ciertas películas de la órbita como director de Judd Apatow–, pero está claro que no es una tragedia griega.

Lo segundo: en tanto que comedia romántica con aventuras, monstruos, caos y la pertinente salvación del mundo de una amenaza peligrosa, la película funciona como un reloj. Tampoco hay que pedirle más, porque nunca ha sido lo que nos han prometido –a diferencia del insuperable “Spider-man 2” (2004) de Sam Raimi, de cuando Spider-man era un adulto responsable, y no un niñato con las hormonas bullentes–, y seguramente ya habrá tiempo de que el personaje interpretado por Tom Holland madure, asuma responsabilidades y demuestre su capacidad de liderazgo.

Y en tercer lugar, a pesar del argumento liviano –seguramente necesario para destensar la trama Marvel tras una conclusión tan densa como la de “Vengadores”, y encima en pleno verano; las dos películas de “Ant-Man” también funcionaban de esa forma–, aquí hay cosas que valen la pena. Por ejemplo, un villano imprevisible y que mola, porque obliga al superhéroe a pensar, y no sólo a ejercer la fuerza. También, el humor incontenido que chorrea del guión. Y las escenas poscréditos, que cuando parecía que todo estaba en orden, le dan un vuelco y una sacudida al Universo Marvel y lo dejan abierto en canal no sólo en la propia franquicia Spider-Man –que ahora debe ir a por las grandes gestas–, sino en cómo se debe articular con las próximas subtramas.

Total: que habrá que procurar conservar la vista y la salud hasta 2024, porque esta montaña rusa de emociones trepidantes ya está empezando a prepararse para dar una nueva vuelta. La Fase 4 promete.


Javier Blánquez (Barcelona, 1975) es periodista especializado en cultura, editor y profesor de historia de la música moderna.
Es colaborador de diferentes medios de comunicación españoles –el diario El Mundo, Time Out Barcelona, Beatburguer–, así como de la editorial barcelonesa Alpha Decay, y ha coordinado el libro colectivos Loops. Una historia de la música electrónica (2002 y 2018), junto a Omar Morera, para la editorial Reservoir Books.
En 2018 ha publicado también, esta vez como autor, la continuación, Loops 2. Una historia de la música electrónica en el siglo XXI.
Fruto de su interés por la música clásica, que compagina con la música electrónica desde hace años, ejerce también la crítica de ópera en El Mundo y publicó en 2014 el ensayo Una invasión silenciosa. Cómo los autodidactas del pop han conquistado el espacio de la música clásica en la editorial Capitán Swing.