“Érase una vez en … Hollywood” tiene una de las estructuras más complejas que se han visto en una película de Tarantino y singularmente también es una de las que aparenta más ligereza

El cine de Quentin Tarantino siempre ha jugado a reescribir los géneros y su vínculo con nuestra percepción de la realidad. Lo hizo subvirtiendo el relato del “noir” clásico ( “Reservoir Dogs”, “Pulp Fiction”), poniendo al día las “blaxploitation” ( “Jackie Brown”), cambiando el curso de una guerra ( “Malditos bastardos”) , actualizando el potencial narrativo de las artes marciales ( “Kill Bill”), reinventando el western clásico ( “Django desencadenado”, “los odiosos ocho”) o resucitando el programa doble de serie B ( “Death Proof”).

En este sentido, “Érase una vez en … Hollywood” vendría a funcionar a modo de síntesis de su estilo, y también se erige en la más ambiciosa de sus miradas en nuestra relación con el mismo cine. Partiendo de un episodio real que representa como pocos el fin de la inocencia de una determinada idea de Hollywood (la muerte de Sharon Tate a manos de la banda de Charles Manson), Tarantino construye un relato que habla de los mitos caídos y de la capacidad del cine para preservarlos.

Tarantino nos invita una vez más a entrar un mundo en que se torpedea toda expectativa y se homenajea el poder de la ficción para reescribir los rincones más oscuros de nuestra Historia, que también son el de nuestra memoria. Es, como también lo era “Malditos bastardos”, una crítica al sobreentendido y una declaración de amor al cine, esta proyección de imágenes que nos salvan de la realidad y nos ayudan a reconstruirla, nos evaden del mundo pero también nos ayudan a entenderlo.

“Érase una vez en … Hollywood” tiene una de las estructuras más complejas que se han visto en una película de Tarantino, y singularmente también es una de las que aparenta más ligereza. Es, en esencia, la historia de un actor que quiere una oportunidad para demostrar su verdadero talento y de su amigo y doble en las escenas de acción (espléndidos DiCaprio y Pitt).

Se pasean por Hollywood como dos personajes que, en busca de autor, y las circunstancias los llevan a confluir con Sharon Tate, Roman Polanski y la banda de Manson. La película, sin embargo, acaba siendo un magistral viaje a los mecanismos de la representación y un ejercicio absolutamente extraordinario de equilibrismo formal: sólo Tarantino es capaz de armonizar tantos registros en un solo relato, que pasa de la captación de la cotidianidad al suspenso hitchcockiano, de la comedia alocada al drama metalingüístico, con una facilidad desarmante.

Sin entrar en detalles, sólo decir a modo de ejemplo que los últimos 15 minutos contienen uno de los momentos más hilarantes de la filmografía de Tarantino y también uno de los más emotivos. Y por el camino nos regala unos cuantos iconos, empezando por una Margot Robbie que quedará para siempre asociada a Tate, de la misma manera Uma Thurman aún es Mia de “Pulp Fiction”.


Pep Prieto: Periodista y escritor. Crítico de series en ‘El Món a RAC1’ y en el programa “Àrtic” de Betevé. Autor del ensayo “Al filo del mañana”, sobre cine de viajes en el tiempo, y de “Poder absoluto”, sobre cine y política.