Jonás Trueba estrena “La virgen de agosto”, la historia de una chica muy espiritual que decide pasar el verano en un Madrid lleno de fiestas, posibles o imposibles amores y amigos inesperados

El 15 de agosto, Jonás Trueba (Madrid, 1981) estrena “La virgen de agosto”, su nuevo film después de títulos como “Todas las canciones hablan de mí”, por el que fue nominado al Goya a la Mejor Dirección Novel, “Los ilusos”, “Los exiliados románticos” y “La reconquista”. Coescrita entre el director y su protagonista femenina, Itsaso Arana, la película es la historia de una chica muy espiritual que, a punto de cumplir 33 años, decide pasar el verano en un Madrid lleno de fiestas, posibles o imposibles amores y amigos inesperados.

El personaje principal de “La virgen de agosto”, tan pura, inocente y bondadosa, me ha recordado al protagonista de un film italiano reciente, “Lazzaro feliz”, de Alice Rohrwacher.

No me lo habían dicho aún, pero sí que es verdad que hay algo en común. Es muy difícil hablar de alguien bondadoso, y en eso nos parecemos. Con Itsaso hablamos de hacer una película sobre un personaje que es blanco, que es buena e incluso intenta ayudar a los demás. Y fue difícil, porque la maldad es mucho más cinematográfica.

En una historia con tantas resonancias bíblicas y religiosas, la protagonista se llama Eva. ¿Es una casualidad o es algo premeditado?

Al igual que los títulos, los nombres de los personajes son muy importantes para mí. ¡Y no siempre es fácil encontrarlos! Le dimos muchas vueltas al nombre de ella, porque debía de tener uno que le pegase, que se le pegase bien al cuerpo: se llama Eva y se encuentra con dos chicas que se llaman María. Itsaso dice que el hecho de llamarse Eva va muy bien para definir su pureza.

¿Es este un film sobre el cinismo? Se habla de este concepto, como mínimo, en un par de ocasiones.

Si yo he huido de algo en mis películas es del cinismo, que, en cierta manera, es el cáncer de muchas cosas. Eva huye de los prejuicios y se va abriendo a una serie de personajes con los que, al principio, ni se hubiera planteado tener una relación.

En un momento de “La virgen de agosto”, empujan a Eva al agua. Es como si, de repente, le quitasen una coraza, y otros decidieran por ella. Hasta ese momento, Eva era la que llevaba las riendas de las situaciones.

Sí, la escena del río es esencial, y, además, está en el centro de un relato que se divide en 15 días. Y ahí, en el río, aflora la voz de Eva, que no es exactamente una voz en off. El agua viene a liberarla, es una especie de bautizo forzado para Eva.

La secuencia de las estrellas no sólo es preciosa, sino que es la más “rohmeriana” de todas. ¿Te sigue acompañando la sombra del director Éric Rohmer, la etiqueta “rohmeriano”?

Me parece bien, y espero que, al morir, digan de mí: “Ha muerto un joven o, mejor aún, un viejo director español muy influido por Éric Rohmer”. De hecho, con Itsaso volvimos a ver “El rayo verde” (1986), de Rohmer, una película con la que quisimos dialogar de una manera directa, como han hecho algunos pintores con cuadros de otros a lo largo de la historia. Ellos han vuelto a pintarlos para reinterpretarlos. En el cine, ha habido directores mucho mejores y mucho más listos que tú, y tienes que intentar aprender de ellos. Partir de ellos para, luego, obviamente, llegar a tu lugar.

¿Y tú también dialogas con tus anteriores películas?

Sí, pero, más que dialogar conmigo mismo, que es más aburrido, a mí lo que me gusta son las variaciones sobre una misma cosa o tema. Incluso volver a las mismas calles o espacios, aunque luego nunca los filmas igual que antes: pones la cámara en otro sitio, y el lugar ya no es el mismo. Cada vez entiendo el cine de una manera, si quieres, más básica, más primitiva, más como los hermanos Lumière. ¿Qué hacían ellos? Poner la cámara, y ver a las personas cómo iban hacían ella. Yo pongo un trípode, sitúo a los personajes e intento que no se muevan de ahí.

En el pase de prensa de “La virgen de agosto”, un par de periodistas se han pasado el rato consultando el móvil. ¿Cómo lo ves? ¿El signo de los tiempos? ¿Déficit de atención? ¿Miseria cultural?

Itsaso añadiría que es “miseria espiritual”. Cuando hago talleres de cine, a mis alumnos les propongo que, durante esas tres horas, se olviden por completo del móvil. E incluso lo hago yo. Se trata de que nos miremos a los ojos, charlemos y miremos los fragmentos de películas. ¡Y a veces me han mirado como si yo fuera un loco!

O un psicópata…

Es más, ahora mismo, ir a una sala de cine es más revolucionario que nunca. Ir al cine y apagar el móvil esas dos horas es un acto de resistencia, de concentración, de fe en lo que has ido a ver.

Por cierto, ¿de qué tipo de cine les hablas a tus alumnos? ¿Qué les interesa y les motiva?

La mayoría de veces, cuando les hablas de una película de Yasujiro Ozu, resulta que nunca han visto una película de Ozu. O no saben quién es Bresson, o no han visto nada de Buñuel. Y les estás hablando de todos ellos para apoyar tus explicaciones. Me impacta, por supuesto, pero me lo tomo bien, porque les respondo: “Pues tenéis suerte, porque sus pelis están ahí y las podéis ver cuando queráis”. El cine que me interesa es el que ha sido hecho por personas que tienen algo excepcional, extraordinario, como Rossellini, Truffaut, Rohmer, Renoir, Hitchcock, Ford o Murnau. Eran gente con curiosidad por el mundo y con una personalidad única. Aparte de ser buenos en la parte técnica, tenían una manera especial de estar y relacionarse con el mundo. Ahora hay demasiada gente que quiere hacer cine porque sí, pero no le interesa el mundo.  

¿Podríamos hablar, pues, de humanismo en tu cine?

Sí, ojalá. Los cineastas que me interesan son los que te provocan ganas de salir de casa, de enamorarte, de conocer gente, de leer. Son directores que te invitan a hacer cosas. Pienso en mis películas como una posibilidad que tengo de compartir cosas queridas con el público.



Pere Vall es periodista cultural y del mundo de la farándula en general, especializado en cine.
Colabora en Time Out, Ara, RNE y Catalunya Ràdio, y fue redactor jefe en Barcelona de la revista Fotogramas durante más de 20 años.
Fanático de Fellini, de las películas de terror buenas, regulares y malas, y del humor y la comedia en general.
De pequeño, quería parecerse a Alain Delon, y ha acabado con una cierta semejanza a Chicho Ibáñez Serrador. No se queja de ello.