Es una declaración de amor al cine de acción de siempre gracias a sus cuerpo a cuerpo, las luchas de pura virguería coreografiada y un personaje femenino fuerte

Con la llegada del nuevo siglo, los grandes popes del cine de acción de los 80 y 90’s cayeron en desgracia -dígase nombres el calibre de John McTiernan por problemas con la justicia, o Renny Harlin, porque decidieron que su tiempo ya pasó-. Y con ellos, cayó todo un género que había vivido momentos de gloria gracias a nombres como los suyos o los de los guionistas Steven E.De Souza y Shane Black, por tan solo citar algunos de ellos.

A ellos les debemos momentos de auténtico gozo en los que a muchos también nos gustaba ir al cine a entretenernos, a ver cómo John McClane le decía a Hans Gruber “Yippee-ki-yay, Motherfucker”. Lo mismo le sucedió a aquellas grandes estrellas -Stallone, Schwarzenegger, el mismo Bruce Willis-, que vieron cómo los gustos del público iban hacia otro lado: las secuelas, las franquicias, los reboots,…, todo ello fruto de la falta de imaginación en el Hollywood del siglo XXI, y su apuesta por valores seguros. Y uno de ellos es una franquicia que comenzó siendo una loa a la estética del tuning para disfrute de nengs y chonis y que, por suerte, ha derivado en películas de acción que toman como referente el modelo Bond: malos muy malos con ganas de destruir el mundo, escenas de acción inverosímiles y emociones fuertes a tutiplén. Es decir, “Fast & Furious”.

En ese contexto, la llegada a la franquicia de las dos grandes estrellas del cine de acción actual ha resultado decisiva para imponer ese sello con aroma casi ochentero: Dwayne Johnson, alias The Rock, y el británico Jason Statham. Su desbordante carisma y su destreza en el género han permitido a los responsables de la serie de películas sacar adelante un spin-off que pedía a gritos ser llevado a cabo, y que, una vez visto, no cabe duda de que hace realidad ese sueño húmedo de los aficionados al género. Dos antagonistas que, sin embargo, han de unir sus fuerzas para luchar contra el malo de turno, aquí con el rostro de Idris Elba, quien desde hace tiempo se postula para ser el nuevo 007 -Bond Again-. La amenaza de un virus capaz de acabar con todo es el motor de una historia, obra de Chris Morgan, el guionista de la saga desde la tercera película, que descarta meterse en camisa de once varas para dejarse llevar por la personalidad de los dos protagonistas.

Evidentemente esto es una película “Fast & Furious”. Y eso quiere decir que hay coches y persecuciones, y alta tecnología. Faltaría más. Pero a la vez es una declaración de amor al cine de acción de siempre, ese que otra gloriosa franquicia como la de “John Wick” lleva reivindicando desde su nacimiento: el cuerpo a cuerpo; las luchas que son pura virguería coreografiada y que ofrecen esa sensación de autenticidad, aunque sabemos que, siempre, en el cine todo, o casi todo, es mentira.

Y si a todo ello, le añadimos un personaje femenino fuerte como el de Vanessa Kirby -qué gran acierto su incorporación-, las dos apariciones especiales, mucho que más que cameos amiguetiles, que me niego a revelar, y ese aroma a cinefilia que transpira por momentos, nos encontramos ante un orgásmico festival de testosterona en vena que ojalá que tenga su justa continuación.


Blai Morell. Cinéfilo, cinéfago y crítico. Trabaja en Rac 1, QuèFem y Fotogramas

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