‘Qué necesidad’, pensarán algunos. Qué necesidad había de devolver a la vida a ‘El Rey León’, de traerlo de vuelta de la nostalgia y de aquellos años en los que éramos un poco mucho más niños. Aquella maravillosa historia fue lo suficientemente potente como para no repetirla. Un cúmulo de emociones, de lloros, de risas, de aventuras animadas… que, calcomaniadas ahora, nos dejan un poco fríos. Nada que decir de la tecnología CGI, donde los antílopes parecen directamente sacados de National Geographic, pero sí mucho que hablar de esa necesidad imperiosa que tiene Disney por viajar al pasado, concretamente a 1994, y traernos lo que ya conocemos. El ‘recuerda quién eres’ (que le transmite el mandril Rafiki a Simba) constante: ese niño que disfrutó con los clásicos de Disney, y que ahora vuelven para que no los olvidemos, y sobre todo, pasemos por caja. La compañía lo hace una y otra vez: con ‘La Bella y la Bestia’, ‘Dumbo’, ‘Aladdin’… Se nutre a costa de nuestros recuerdos. Y si no, ojo al dato: la película lleva 530 millones de dólares recaudados en menos de una semana. 

El problema es que muchos ya hemos vivido esas historias antes. Sabemos lo que va a pasar, y aunque alucinamos con los avances tecnológicos más increíbles, la estampida ya no nos impacta. Nos cuesta incluso llorar en la muerte de Mufasa… Lo hemos revivido (y rebobinado) tantas veces… que, vaya, echamos de menos la producción original. Afortunados los niños de ahora que no vivieron ‘El Rey León’ como quien escribe estas líneas: las generaciones que toman el relevo a las de los años noventa. Los que sienten la historia por primera vez: sus canciones, sus momentos, sus diálogos… Ser un niño en el año 2019 y ver cómo un puerco que parece más real que tú habla y canta, debe de ser una gozada. Que aquellos animales que has visto en el zoo o en las películas muevan la boca como lo haces tú, debe de resultar como poco, un sueño hecho realidad. Y es que no hay suficientes elogios para describir el tratamiento digital de las imágenes, comandadas por Jon Favreau: es exquisito. Lo que se echan de menos, por contra, son las emociones. Esos ojos grandes y expresivos que tiene Simba en los dibujos animados… lo sentimos, pero son insuperables.

De una historia que nos es más que familiar, destacan, sin embargo, dos personajes: Timón y Pumba. Siguen siendo el alma de la fiesta y nos sacan nuevas carcajadas. Los momentos a su lado se hacen igual de divertidos que cuando veíamos la película en el sofá de casa, al lado de nuestros padres, que, gracias a nosotros, la vieron unas cuantas miles de veces. La curiosa pareja de amigos recupera el despreocupado lema ‘Hakuna Matata’ que con demasiada poca frecuencia practicamos. Pero tranquilos, ahí está Disney para recordárnoslo.

Bárbara Padilla: Colaboradora en la sección de Series de ‘La Vanguardia’. Redactora y Locutora de Informativos en RAC1. Periodista desde 2007 en el área de Barcelona. Aficionada al cine desde que tiene uso de razón y a las series desde el boom de Netflix.