“Stranger Things” es un ejercicio de nostalgia colectiva y el secreto de su éxito consiste precisamente en haber encontrado un recuerdo que millones de personas tienen en común y quieren revivir a través de una serie de televisión. Lo interesante del fenómeno es que ese recuerdo está construido a través de experiencias audiovisuales, de una colección de películas que para muchos son una parte importante de su educación sentimental. Por eso se puede argumentar que “Stranger Things” no es un regreso nostálgico a los años 80, si no un regreso nostálgico a cómo el cine representó ésa década y el tipo de historias que en aquella época se contaban en la gran pantalla. Historias que se asentaban a menudo sobre lo imposible. Lo imposible se hace posible cuando se apagan las luces en la sala de cine. Y esa sensación es la que aspira recrear “Stranger Things”, llegando a un público multigeneracional.

Otra característica de la nostalgia es su carácter imperecedero. Tenemos almacenados recuerdos clave que son intocables. Podemos recurrir a ellos y no habrán cambiado. En parte, el ejercicio de nostálgico se basa en la sensación de confort de regresar a un universo, un imaginario cinematográfico, que se mantiene inalterable a pesar del paso del tiempo. La serie de televisión era el recipiente perfecto para una ficción nostálgica debido a la capacidad del medio para construir arcadias colectivas. Sin embargo, las transformaciones que el mundo de las series ha vivido en los últimos años han hecho que cada vez sea más extraño que se hagan series cuyo universo sea inmutable. Sobre todo en las series de Netflix, que buscan un consumo rápido, pesan estructuras con tramas horizontales. Esto coloca a “Stranger Things” en una situación difícil: tiene que evolucionar como serie y tiene que recrear el pasado.

La solución a este dilema ha dado una tercera temporada que ha repetido el mismo esquema (monstruo aparece, se superan varios obstáculos y se vence al monstruo) y no ha profundizado en la mitología que tiene detrás, pero se ha visto obligada a introducir cambios derivados del hecho que el reparto se ha hecho mayor. Para ello, ha recurrido a un cambio de referencias dentro del imaginario del cine de los 80, centrándose en el género del terror y las dinámicas de películas de adolescentes. Pero mientras las referencias a filmes de Carpenter, Romero y Cronenberg, entre otros, han funcionado muy bien debido a la capacidad de la serie para ensamblar lo mejor de sus referentes, las tramas romántico-adolescentes han hecho perder un ingrediente esencial de “Stranger Things”: la dinámica entre el grupo de amigos, ahora decepcionados los unos con los otros y preocupados por cuestiones propias de la pubertad que se han alargado en exceso durante los tres primeros episodios.

No ha sido hasta que la trama fantástica ha tomado el protagonismo, en el cuarto episodio, que “Stranger Things” ha recuperado la energía de las películas en las que se quiere reflejar. Pulsando las teclas de la nostalgia de forma compulsiva se ha abierto paso a través de la parte central de la temporada, construida con tramas paralelas que tenían distintos grados de interés. Su mejor momento ha llegado en el tramo final, cuando las tramas se han unido en un último episodio emocionante que ha logrado evocar sus referentes de forma sentimental. Y es que cuando “Stranger Things” es inspiradora no es cuando cazamos tal o cual referencia de forma racional, si no cuando las emociones nos superan tal y como lo hicieron cuando vimos por primera vez las películas de los 80. Es en esos pocos momentos cuando “Stranger Things” realmente funciona: cuando consigue que nostalgia, recuerdo y serie queden entrelazados, transportándonos a las memorias cinematográficas de nuestra infancia.

Toni de la Torre. Crítico de series de televisión. Trabaja en El Món de Rac 1, El Temps, Què fem, Ara Criatures, Sàpiens y Web Crític. Ha escrito libros sobre series de televisión. Profesor en la escuela de guión Showrunners BCN e le gusta dar conferencias sobre series. Destaca el Premi Bloc Catalunya, 2014.