“Jessica Jones” es, junto con “Daredevil”, la serie de Marvel y Netflix que mejor ha captado la esencia de un cómic sin necesidad de ser extremadamente fiel a las viñetas. Su primera temporada fue en este sentido modélica, porque acertaba a integrar el imaginario del superhéroe en un relato detectivesco áspero y realista que no renunciaba a un desgarrador espíritu de denuncia. “Jessica Jones” era y siempre ha sabido ser una parábola sobre la liberación femenina ante la influencia masculina, que insiste a inhibir su voluntad y torpedear el libre ejercicio de su identidad. Pero no le hacía falta abusar de excesos discursivos, porque el feminismo de la serie iba implícito en la configuración del personaje principal y las lecturas de una trama que nunca clamaba por un hecho diferencial, sino que la asumía sin complejos. La segunda temporada preservaba el interés y el tono inconformista pero perdía gas en dos frentes: el narrativo, porque la historia que contaba resultaba demasiado obvia y dilatada, y en los aires de irreverencia, ya que a menudo recurría a un fatalismo sentimental excesivamente forzado . La tercera temporada, y también última por la rescisión de relaciones entre Marvel y Netflix, partía de la incertidumbre de saber si sus responsables recuperarían los méritos iniciales y encontrarían un final a la altura de tan icónica protagonista. Y así ha sido.

La tercera temporada de “Jessica Jones” deja claro de entrada que es muy consciente de que debe cerrar todos los conflictos que había ido abriendo, lo que la lleva a ser mucho más eficaz a la hora de construir un itinerario emocional creíble. Volver a proyectar esa dinámica mala baba de la primera (los diálogos vuelven a ser puñetazos llenos de carga irónica), encuentra el perfecto equilibrio entre mística superheroica y relato policial, y además lleva el discurso a un terreno muy propio de ambos géneros : la reflexión sobre qué es un héroe en un mundo abocado a decidir sobre si el fin legitima los medios. Lo consigue trabajando con mucho rigor la relación entre Jessica y Trish (una maravillosa relectura de Hellcat, en gran medida por la convicción de la actriz Rachael Taylor) y porque, a diferencia de la segunda temporada, aquí el suspenso es tangible y apunta a consecuencias irreversibles para los personajes. Uno de los elementos que habían distinguido la serie antes de envolverse en retóricas materno-filiales era aquella tensión que te llevaba a creerte que la protagonista era capaz de levantar un coche con sus manos, pero también de sucumbir a las sus dolorosas fragilidades. En la temporada final vuelve a pasar: te hace sufrir, te mantiene enganchado, tiene capítulos memorables (atención al segundo, seguramente el mejor de toda la serie) y tiene en Krysten Ritter la mejor de las aliadas posibles. Una buena prueba es que, haga lo que haga a partir de ahora, siempre será Jessica Jones.

Pep Prieto: Periodista y escritor. Crítico de series en ‘El Món a RAC1’ y en el programa “Àrtic” de Betevé. Autor del ensayo “Al filo del mañana”, sobre cine de viajes en el tiempo, y de “Poder absoluto”, sobre cine y política.