En esta nueva y última entrega del ‘Toy Story’ de Pixar-Disney queda demostrado que por mucha digitalización o tratamiento de la imagen que se haga, por mucho brillo que le pongamos a la pastorcilla Bo Peep para que parezca una figura de cerámica, hay algo que está por encima de la innovación tecnológica: el trabajo de los valores. No se busca un súper juguete, un nuevo Buzz Lightyear (un personaje que, por cierto, pasa en esta ocasión a un segundo plano). Aquí la misión es otra: que un juguete sacado de la basura, Forky, nos ayude a ser mejores. Es un tenedor de plástico con los ojos mal puestos y unos frágiles brazos, pero, sin embargo, se le acepta y se le quiere igual. Y, en la vida real, incluso, lo convertimos en el juguete más vendido del film, por encima de nuestro querido sheriff Woody. 

Bonnie, la hermana de Andy, crea este juguete con sus propias manos. Woody ha sacado las piezas de la basura. Para Bonnie, ahora mismo es el mejor juguete del mundo

‘Toy Story’ marcó un antes y un después. Hizo realidad la fantasía de muchos niños: que los juguetes, por fin, cobraran vida. Ahora bien: de ahí a lo que se ha convertido después de cuatro películas hay un trecho. En este nuevo film, que ya lleva recaudados más de 500 millones de dólares, la producción da un paso más allá: incluye al diferente y lo hace pieza central. Y lanza inevitablemente un mensaje: cualquier persona debería ser aceptada en un grupo, sin importar su aspecto físico o discapacidad, como hacen los niños, puros y sin prejuicios. Esta necesidad de inclusión también la vemos en la muñeca Gabby Gabby, que vive en una vitrina, protegida por unos terroríficos y deformados muñecos, porque su tiempo ya acabó. Es demasiado antigua para las modernidades que corren, hasta que una niña le da valor, y se queda con ella. 

La pastorcilla Bo Peep ya no es una lámpara. Ha aprendido a vivir sola, con la incondicional ayuda, eso sí, de sus tres ovejas. Salvará a Woody en más de una ocasión

Existe también una lanza a favor de la figura femenina. Bo Peep es una pastorcilla que hasta el momento sólo hacía de lámpara. Ahora es una mujer independiente, que se espabila y, con la ayuda de sus habilidades de heroína, salva a Buddy de más de una situación. Se ha hecho fuerte y se nos presenta como una mujer crucial en la historia. Y aún hay otro mensaje, aunque éste se trabaja des de la primera película: el valor de la amistad. Los amigos no se dejan atrás. Deben permanecer unidos y ayudarse, pase lo que pase (“Hay un amigo en mí…”). Incluso se habla de algo más profundo: el crecimiento personal. Woody debe superar que ni Andy ni su pequeña hermana Bonnie quieren ya jugar con él. Y decide tomar (por fin) otro camino: vivir su vida y ser un juguete ‘no perdido’; un juguete que se ha encontrado a si mismo.

Bárbara Padilla: Colaboradora en la sección de Series de ‘La Vanguardia’. Redactora y Locutora de Informativos en RAC1. Periodista desde 2007 en el área de Barcelona. Aficionada al cine desde que tiene uso de razón y a las series desde el boom de Netflix.