No es extraño que, en declaraciones recientes, Jim Jarmusch haya querido ensalzar “Twin Peaks 3” como la obra magna del cine del Siglo XXI (algo que, entre paréntesis, nadie estará dispuesto a discutirle), pues Centerville, una población de 738 almas que se las ve con el Apocalipsis zombi en “Los muertos no mueren”, puede verse como un remedo de aquel pueblo donde apareció el cadáver de Laura Palmer. El lugar, desde luego, nos resulta familiar. Está el diner con excelente café, el motel cochambroso, la comisaría, y hasta una funeraria. Por encima de estas típicas estampas de la América profunda flotan las guitarras atmosféricas de la propia banda de Jarmusch (SQÜRL), pero tampoco hubiesen desentonado los célebres acordes de Angelo Badalamenti. Los lugareños, cada uno con sus peculiaridades, se mueven a ese paso medio sonámbulo, con esa dicción morosa, y ese humor catatónico, aquí personificado por el gran Bill Murray, que resulta proverbial en el cine de Jarmusch, pero también se detecta en todo “Twin Peaks”.

Bill Murray

Cineastas noctámbulos, fantasmas de la postmodernidad de los 80, da la impresión de que Lynch y Jarmusch siempre han caminado juntos, o por lo menos en paralelo. Tienen gustos musicales similares, pasión por el rock añejo, veneran la misma cultura pop, y hasta puede que compartan el mismo peluquero, o crecepelo. Lynch ya suma 73 años, mientras que  Jarmusch le va a la zaga con 66, y sorprende la elegancia y el vigor con la que sus blancos peinados de viejos rockeros todavía se elevan majestuosos hacia el cielo, como si fueran una metáfora de su incombustible talento.

A partir de aquí, entre ellos todo podría ser distinto. El director deTerciopelo azul”(1986) está más loco, es más genio, y resulta muchísimo más aterrador, mientras que el de “Bajo el peso de la ley”(1986), esconde, bajo su apariencia de distancia cool, el corazón de ese cándido poeta, que salió a la luz con “Paterson” (2016), interpretado por Adam Driver, uno de los muchos sospechosos habituales que repiten en esta simpática reunión de amigos, pues Jarmusch, como Lynch, tiene su propia troupe de actores recurrentes. Quizás lo más raro sea que Tilda Swinton, acaso la más lynchiana de las actrices, nunca haya trabajado con David y sin embargo sea una fija de Jim. Aquí centraliza las mayores dosis de excentricidad del filme. Ha llegado de Escocia para hacerse cargo de la funeraria, pero parece de otro planeta. Afortunadamente, su talento con la katana resultará muy útil para frenar la amenaza de los muertos vivientes.  

“Twin Peaks 3” es una obra magna, totalizadora, absoluta. Y “Los muertos no mueren” más bien todo lo contrario: Una película discreta, pero coherente con el universo del director de “Dead Man”, que, con su carga política y mensaje político, se vive como algo más que un memorable pasatiempo matazombies. Bajo su aparente ligereza, esconde la desgarradora melancolía del que sabe con certeza que el fin empieza a estar muy cerca, tanto el del mundo como el del suyo propio.

Philipp Engel (Barcelona, 1970): Formado en estudios literarios, trabajó 10 años en la industria discográfica, para luego consagrarse en el periodismo cultural. Así, ha colaborado en distintos medios, como ‘La Vanguardia’, ‘El Mundo’, ‘Qué Leer’, ‘Sensacine’, ‘Sofilm’ y ‘Fotogramas’, entre otros muchos.