Qué lejos se queda la quinta temporada de ‘Black Mirror’ de lo que una vez fue. Hemos pasado de aquel impactante primer capítulo, en el que el primer ministro de Reino Unido se ve obligado a mantener relaciones sexuales con un cerdo (episodio ‘El himno nacional’), a una Miley Cyrus convertida en muñeca. Del perturbador cierre de la cuarta temporada, el capítulo ‘Black Museum’ -una recolecta de inquietantes historias que resultan tener algo en común-, a un hombre que tiene un accidente de coche por mirar el móvil. ‘Black Mirror’ nos ha regalado sorprendentes momentos y largas reflexiones sobre el mal uso que podemos hacer de la tecnología, y en qué robóticos o malvados seres puede llegar a convertirnos. Y esta quinta temporada, compuesta por tres capítulos, es tan sólo una sombra de una serie que nos dejó a todos descolocados hace 8 años.

El éxito de ‘Black Mirror’ es que nos sacude el cerebro. Ningún capítulo nos deja indiferente. Tras él, viene siempre una reflexión sobre cómo las nuevas tecnologías, Internet y las redes sociales pueden llevarnos al desastre como raza. Otra de sus claves es que juega con el efecto sorpresa. Los personajes toman decisiones que no esperamos, y que nos llevan a soltar algún ‘¿Pero qué…?’ des del sofá. También es una producción peculiar porque genera debate entre los espectadores sobre qué personaje está actuando de la forma correcta. Un claro ejemplo lo vemos en la cuarta temporada, en el segundo capítulo, ‘Arkangel’. Una madre implanta un chip a su hija para saber qué está haciendo en todo momento. Con la ayuda de un iPad, ve a través de los ojos de la niña: si va al colegio, si conoce a alguien… incluso si va más allá con un chico. La madre defiende el chisme tecnológico con la excusa de que así la protege del mal. Para la hija, en cambio, es una grave intromisión a su vida privada. Ya tenemos el debate montado. ¿Es moral que tu madre vea todo lo que haces? ¿Actuaríamos nosotros igual con nuestros hijos?

En esta quinta temporada, vuelve a haber reflexión, pero ‘Black Mirror’ había dejado el listón muy alto, y estos tres nuevos capítulos no están a la altura de lo que nuestros ojos han presenciado en esta revolucionaria serie de Netflix. El primer episodio trata la infidelidad. Nos recuerda, en este sentido, al capítulo ‘Toda tu historia’, el tercero de la primera temporada. Aquél en el que, gracias a un microchip, podemos proyectar nuestros recuerdos y descubrir si alguien nos ha mentido. En este nuevo caso, el protagonista, interpretado por Anthony Mackie (‘Los Vengadores’), lleva una vida paralela dentro de un videojuego, muy similar al famoso ‘Street Fighter’. En el segundo episodio, vemos cómo un hombre secuestra a un trabajador y le obliga a llamar a su jefe, creador de una red social, y encarnado por el actor Topher Grace (Venom, en ‘Spiderman 3’). Descubrimos que por mirar el móvil mientras conduce, para ver si tiene algún ‘like’ en la plataforma, acaba matando a su mujer, que va de copiloto. Algo muy parecido a un anuncio de la DGT, y que invita a preguntarnos: ¿Hasta qué punto estamos enganchados al aparato y a los ‘me gusta’? Una reflexión que habría sido original en los comienzos de Facebook, pero que ahora resulta anticuada.

El tercer capítulo, finalmente, parece más una crítica a las malas influencias que rodean a un artista que otra cosa. Resulta incluso ridículo ver a la cantante Miley Cyrus vestida con una bata de hospital, y llegamos a tener la sensación de estar metidos en una película de adolescentes, donde la fan debe salvar a su ídola. En fin, una decepción (más, después de un final de ‘Juego de Tronos’ que no pasará a la historia) que esperamos superar con otro de los deseados estrenos del año: la tercera temporada de ‘Stranger Things’, el 4 de julio.

Bárbara Padilla: Colaboradora en la sección de Series de ‘La Vanguardia’. Redactora y Locutora de Informativos en RAC1. Periodista desde 2007 en el área de Barcelona. Aficionada al cine desde que tiene uso de razón y a las series desde el boom de Netflix.