Si hiciéramos un símil en términos gastronómicos, HBO sería ese restaurante de prestigio, con años a sus espaldas deleitando los paladares más exquisitos con una carta reducida y con platos no siempre de fácil digestión, pero cuyo gusto y calidad está fuera de toda duda. Platos que son aquellos con los que ha forjado su leyenda. Y a pesar de la feroz competencia, no se ha dejado amilanar y ha seguido a lo suyo, incluso cuando ha decidido incluir en su carta platos de otros pequeños restaurantes cuya filosofía comparten. Precisamente eso es lo que ha hecho con esta espléndida miniserie. Ocho capítulos sobre una pareja de leyenda: la formada por el coreógrafo y director Bob Fosse, y quien fuera primero su amante, después su esposa y sobre todo su gran musa, Gwen Verdon. Una maravilla.

La serie nos muestra, por un lado, a un tipo que se bebía la vida a sorbos largos, que se creía inmortal, infiel, egoísta, perfeccionista extremo, seductor nato, adicto a los barbitúricos, fumador y bebedor empedernido,… en el fondo, un niño en el cuerpo de un adulto con un comportamiento propio de aquella época, y que hoy sería lógica y absolutamente censurable: como alguien se beneficiaba de su posición per conseguir irse a la cama con jóvenes colaboradoras y aspirantes a estrella mientras devoraba una vida de excesos. Y por el otro, a la mujer que tuvo que aguantar durante años su ira, sus caprichos, sus infidelidades a la vez que trabajaba, aunque no tanto como ella quisiera y se hacía cargo de su hija Nicole, quien, por cierto, es una de las productoras de la serie y de quien también muestra sus adicciones y debilidades.

Una de las virtudes es la manera como nos hace testigos de esa compleja relación entre el genio que fue capaz de aportar una nueva mirada al género musical, y la mujer que fue capaz de traducir sus ideas y convertirlas en realidades artísticas -en algún momento se apunta que solo nunca lo hubiera conseguido-, y que se vió obligada a utilizar sus armas para conseguir que trabajara en la versión teatral de “Chicago” con la que Verdon volvió por la puerta grande después de un tiempo de ostracismo. Por eso la serie gana cuando une a la pareja protagonista, Sam Rockwell y Michelle Williams, ambos espectaculares en su conversión e implicación con sus respectivos personajes. Además, en ningún momento la serie quiere jugar al recurso fácil, como bien demuestran los continuos saltos temporales, ese arranque del tercer episodio con un inspirado número musical en que Bob Fosse llega a la sala de montaje de “Cabaret” al ritmo del “Wilkommen” que interpretaba el hoy olvidado Joel Grey en el film de 1971; o la manera de presentar los capítulos, imitando fragmentos de films u obres, pero con Verdon o Fosse, como cuando este imita a Lenny Bruce. Espectacular y muy trabajada a nivel visual, este recorrido por los vaivenes emocionales y sentimentales de esta legendaria pareja tampoco desaprovecha la oportunidad de mostrar los entresijos de un rodaje y lo que pasaba entre bambalinas y nunca se nos había explicado. Claro que, viniendo de ese restaurante con una excelsa carta, la decepción era la opción menos probable.

Blai Morell. Cinéfilo, cinéfago y crítico. Trabaja en Rac 1, QuèFem y Fotogramas.