Del estreno de “John Wick: Otro día para matar”, en 2014, casi nadie se acuerda. Es normal: aquella película llegó a los cines sin hacer ruido, amparada por una productora independiente y un presupuesto modesto, con un protagonista en horas bajas -los días de gloria de Keanu Reeves post-“Matrixya quedaban lejos- y dirigida por dos debutantes, David Leitch y Chad Stahelski. Nadie esperaba nada, o como mucho lo esperable habría sido una más de esas películas mediocres, o medio aceptables, en las que Keanu se embarcaba en sus años más deprimentes, algo tipo “47 Ronin”, alfalfa para la taquilla.

Pero ya se sabe lo que pasó después: unos pocos la vieron, salieron del cine echándose las manos a la cabeza, hablando de una exhibición de coolness, de una virguería coreográfica a base de leches y disparos que te hacían saltar del asiento como activado por un muelle, y poco a poco “John Wick se convirtió en un título de culto que atraía la curiosidad de un público creciente que salía muy satisfecho del visionado, y cuando llegó el momento de la segunda parte, ya lo teníamos claro: aquello era sin duda un nuevo clásico del cine de acción con un estatus de prestigio comparable al que, en los 80, había alcanzado la serie “Jungla de Cristal” o los primeros títulos de John Woo que nos llegaban desde Hong Kong.

De modo que aquí estamos otra vez, con el tercer capítulo de la serie –Parabellum, una vez más dirigido por Stahelski- y la consumación de la profecía que los fans deseábamos que se cumpliera: si la segunda parte era mejor que la primera -más bruta, más sangrienta, más elegante en la fotografía y la dirección-, la tercera supera a la segunda y anticipa una cuarta, que la habrá, que debería ser la pirueta más asombrosa de un número acrobático de circo, el más difícil todavía del subgénero de acción que se contabiliza a partir de un mínimo de un muerto por minuto.

El segundo capítulo de “John Wick, lo recordarán quienes la vieran, concluía con el héroe dándose a la fuga: había matado a otro pistolero en las dependencias del hotel Continental, donde está prohibido pelarse al personal, y eso significaba pena de excomunión: a partir de ahora, cualquiera puede perseguir y liquidar a John Wick a cambio de una suculenta recompensa de 14 millones de dólares. Pero Wick, ya se sabe, es el arma letal con que soñó ser Mel Gibson, pero en versión Hiroshima, y su huida será como en las mejores pantallas de un videojuego convertido en orgía sanguinaria. Lo que queríamos los fans, de hecho, era eso: un festival de combates cuerpo a cuerpo, disparos a la cabeza con sangre brotando a chorros, el humor negro que caracteriza a la franquicia y, en la medida de lo posible, que toda esa acción fuera vibrante, estilizada y original, sin respiro. Y cuando ves a John Wick utilizando creativamente las patas de un caballo o una obra maestra de la literatura rusa para romper cervicales, deshacerse de rivales y convertir los maxilares en fosfatina, uno se encuentra en la sala jaleando y aplaudiendo como sólo se jalea y aplaude a los grandes virtuosos del canto o el ballet.

No le vamos a pedir profundidad a “John Wick” -aunque el guion está salpicado de numerosas referencias religiosas y citas en latín, que siempre quedan bien-, pero sí que en su campo sea lo nunca visto. Y hay varias escenas del tercer capítulo -el combate final entre vidrieras y proyecciones de paisajes oníricos digitales- que ya forman parte de la gran historia del cine de acción y abren la puerta a una expectativa desorbitada: un cuarto capítulo que debería ser, si se cumplen nuestros deseos, el “Ciudadano Kane de las películas de mamporros y gatillo fácil. Es tan buena que aún no estamos saciados, y queremos más, más, más.

Javier Blánquez (Barcelona, 1975) es periodista especializado en cultura, editor y profesor de historia de la música moderna.
Es colaborador de diferentes medios de comunicación españoles –el diario El Mundo, Time Out Barcelona, Beatburguer–, así como de la editorial barcelonesa Alpha Decay, y ha coordinado el libro colectivos Loops. Una historia de la música electrónica (2002 y 2018), junto a Omar Morera, para la editorial Reservoir Books.
En 2018 ha publicado también, esta vez como autor, la continuación, Loops 2. Una historia de la música electrónica en el siglo XXI.
Fruto de su interés por la música clásica, que compagina con la música electrónica desde hace años, ejerce también la crítica de ópera en El Mundo y publicó en 2014 el ensayo Una invasión silenciosa. Cómo los autodidactas del pop han conquistado el espacio de la música clásica en la editorial Capitán Swing.