Fue la escena final lo que dio a Big Little Lies un significado y una importancia que van más allá de los méritos que tenía hasta ese punto. Fue el valor catártico de ese momento en la playa, ese momento de sororidad por parte de un grupo de mujeres que habían estado enfrentadas entre ellas durante gran parte de la historia, lo que dio trascendencia a Big Little Lies. La miniserie, que inicialmente se había planteado como un relato de misterio (con un crimen del que no sabíamos nada), conectó en ese momento con el movimiento Me Too, adquiriendo una dimensión que la llevó a convertirse en la serie del feminismo (antes de The Handmaid’s Tale, que le tomaría el relevo) y que la llevó a ser premiada tanto por sus méritos artísticos, en especial el papel de sus actrices, como por el momento que invitaba a aplaudir una ficción que conectaba con algo que estaba en el aire y que a muchos nos parece importante. El poderoso efecto catártico del final colocó Big Little Lies en un pedestal en el que se podría haber quedado. Esa evocación del ideal de la sororidad, de unas mujeres que se unen cuando se necesitan, era una imagen poderosa que cerraba su historia con un optimismo claro.

El mérito de la segunda temporada de Big Little Lies (de la que hemos podido ver tres episodios para escribir esta crítica) es, precisamente, la voluntad de desmontar ese final. Es fácil quedarse con la idea de que se unieron y en consecuencia permanecerán siempre unidas. Lo difícil, lo incómodo, es afrontar el día después de forma realista. Darnos cuenta de que esa unión se iba a diluir en pro de las dinámicas de siempre y que pronto esas cinco mujeres volverían a distanciarse, dejando que la desconfianza y la opacidad deshagan lo que unió un crimen. A pesar de tener en común el mismo secreto, gestionan las consecuencias de lo que hicieron por separado, sin apoyarse entre ellas. Esto convierte el grupo en vulnerable a la mirada suspicaz de personajes como la madre de Perry, interpretada por Meryl Streep. La actriz, que como era de esperar roba toda las escenas en las que aparece, interpreta a una mujer que en ocasiones parece una madre que se agarra como puede al recuerdo idealizado de su hijo negando lo que ahora sabe sobre él, y en ocasiones parece que está allí para poner en duda la versión oficial de  los hechos y encontrar pruebas de que fueron su nuera y sus amigas las que le mataron.

En el primer episodio se sugiere que en algún momento la verdad podría descubrirse. A pesar de esto, la serie no usa esta idea para generar tensión y se centra en las tramas personales. Los pequeños secretos ocupan el foco mientras el gran secreto queda como un telón de fondo. Eso no significa que no vaya a volver a un primer plano, que seguro lo hará, pero inicialmente se deja de lado y en consecuencia la serie pierde voltaje. Esto se une al hecho de que ya no hay un misterio para resolver como en la primera temporada y seguro que habrá espectadores que echen de menos ir uniendo mentalmente piezas del rompecabezas. En el territorio formal se mantiene el mismo estilo, con Andrea Arnold imitando a Jean-Marc Vallée (especialmente en el primer episodio, sobrecargado de montajes musicales) pero al servicio del retrato íntimo de unas mujeres que intentan hacer como si nada hubiera ocurrido de forma infructuosa. El trabajo del reparto sigue siendo, con diferencia, lo mejor de Big Little Lies, junto a la capacidad de dejar en evidencia vidas que son perfectas sólo en la superficie. Nos quedaremos destapando las pequeñas mentiras, a la espera de que se destape la mentira final.

Toni de la Torre. Crítico de series de televisión. Trabaja en El Món de Rac 1, El Temps, Què fem, Ara Criatures, Sàpiens y Web Crític. Ha escrito libros sobre series de televisión. Profesor en la escuela de guión Showrunners BCN e le gusta dar conferencias sobre series. Destaca el Premi Bloc Catalunya, 2014.