El Festival de Cannes abrió una ventana a la última película de Tarantino, “Érase una vez en… Hollywood”, con una expectación y cautelas nunca vistas hasta el momento. Abrió la ventana y, de inmediato, la cerró: la película no tendrá su estreno al público hasta el verano. Y este hecho la sitúa en el centro de la diana del “spoiler”, un estado vírico que ha tenido subidas de fiebre brutales en la actualidad, como en “Juego de Tronos”, pero que siempre ha acompañado a cualquier pieza narrativa de intriga y muy especialmente al cine: ¿en qué se queda “El sexto sentido”, por ejemplo, si se destripa con anterioridad el intríngulis de su argumento?…

“Érase una vez en… Hollywood” tiene dentro un guiño argumental, un “click”, tan brillante, libre y caprichoso, que convierte a la película en una presa fácil del “spoiler”, sí, y que reducirá en algunos grados la sorpresa y el disfrute de quienes vayan a verla sabiéndose ese “click”, pero que en absoluto altera lo que de bueno, lúdico, magistral y espectacular tiene esta obra de Tarantino. El “spoiler” no rompe, como mucho descose, una obra maestra, que es la que se puede y debe ver varias  veces por mucho que uno se sepa el final, ¿o acaso a alguien le importa saberse el final de “Vértigo” o de “Historias de Filadelfia” para disfrutarlas como la primera vez?

Dicho lo cual, hablamos ahora de “Érase una vez en… Hollywood” sin hacer el temido “click”. Tarantino escoge para contar su película un lugar, una época y un estado de ánimo. Los Angeles, finales de los años sesenta y ese suceso histórico y conocido por el mundo entero que fue el asesinato de Sharon Tate por el clan Manson. Y también escoge para entrar ahí su puerta favorita, la que siente y entiende: el cine de serie B, los seriales televisivos, el “spaguetti western”, la mezcla de banalidad y sustancia, los códigos y clichés, el mundo de “buenos” y “malos” y una idea esencial y casi infantil de que las películas son mejores que la vida. Esto último se entenderá mejor si se recuerda cómo, por ejemplo, en “Malditos bastardos” se daba el gustazo, el capricho, de organizar un atentado que acababa con la vida de Hitler. Eso se llama tener, o creerse que se tiene, una varita mágica, y no reescribir la Historia.

Dentro de su película, de la fotografía de aquel “off” Hollywood que tanto tiene que ver con su cultura cinematográfica, se centra en dos personajes antagónicos: una estrella de seriales del Oeste y su doble de escenas de riesgo, Rick Dalton y Cliff Booth, o Leonardo DiCaprio y Brad Pitt. Y en ellos resume su visión divertida, pero también nostálgica y crepuscular, de una época crucial de cambios en el paisaje de Hollywood, rematada con el suceso trágico de Sharon Tate. Mezcla su cine con el que ruedan sus personajes, con la estrella Dalton insegura y preocupada por el declive de su figura y a su doble, amigo y hombre para todo, preocupado por un futuro que no depende de él… Hay rodaje, ambiente de Estudio, aroma de “spaghetti”, referencias al desahogo de Hollywood en el cine europeo, hay guiños, citas y bromas con otros actores, desde Steve McQueen o Al Pacino a Bruce Lee, y tiene tiempo y ganas de elaborar una intriga, pues se da la circunstancia de que Rick Dalton y Cliff Booth viven en la mansión de al lado de… ¡Roman Polansky y Sharon Tate!

Por Oti Rodríguez Marchante

En su vistazo a las películas, las fiestas, las músicas de la época (¡Los Bravos!) y los ambientes de su Hollywood, Tarantino se permite también un rastreo por la presencia de la familia Manson en Los Angeles, instalados a las afueras, en el Rancho Spahn, al cual visita uno de los personajes y tiene lugar la que es probablemente la mejor secuencia de la película, y donde se reúnen todos los ingredientes de lo mejor del cine de Tarantino: descripción, gracia, intriga, clima, violencia… De todos modos, si se le pusiera a este filme un medidor de “peros”, quizá el más evidente es que le falta un vistazo más directo, más potente y más elocuente a la figura de Charles Manson. También adolece de algo de su chispa habitual en los diálogos, aunque hay voluntad y momentos de gracia, como el muy nutritivo de la niña actriz.

Si no es “Érase una vez en… Hollywood” su mejor película, sí está en perfecta sintonía con lo mejor de algunas de ellas, con su mirada y revisión al cine que ha mamado, con su dosificación y culto a la intriga y al uso de la violencia, con su modo de narrar a puntapiés de manera magistral, y aunque aquí sea un relato sin quiebros estructurales (recuérdese cómo “Pulp Fiction” cambió por completo el orden y estructura narrativa durante décadas), se permite cruces de ficción y de realidad antológicos.

En cuanto al “spoiler”, ¡bah!, es secundario, porque la veremos muchas más veces y encontrando en ella todo lo que tiene de magnífico.

Oti Rodríguez Marchante es crítico de cine y escritor. Ha colaborado en programas televisivos como ‘Qué grande es el cine’, y ha publicado libros como ‘Dos para la tres, Amenábar, vocación de intriga”, y un par de volúmenes de cuentos infantiles, ‘Adiós a la Tierra de los Colores Vivos’ y ‘La importancia del primer cero’.