Siempre he pensado que ‘Juego de Tronos’ no se vive, sino que se sobrevive

La serie se hizo famosa por su capacidad de dejar a los espectadores en un estado catatónico en escenas que tenían un efecto brutal. Hay centenares de vídeos en YouTube que son testimonio de la reacción de la audiencia a momentos como la Boda Roja o la batalla entre Oberyn y la Montaña. Y lo más interesante de la serie es que no se trataba simplemente de momentos impactantes, sino de escenas en las que se jugaba a subvertir los mecanismos del relato clásico según el cual los buenos puede que sufran pero al final acaban ganando. En ‘Juego de Tronos’, como en la vida real, los malvados se salen con la suya y los buenos pueden ser víctimas de una injusticia que jamás sea resarcida. Esta lección la aprendimos por la vía del puñetazo en la cara con la decapitación de Ned Stark, personaje noble por excelencia, al final de la primera temporada. Desde entonces los espectadores, necesitando que al final el bien acabe ganando la partida, hemos continuado mirando, mientras la serie trituraba esta expectativa, aprendida tras años de ficciones que la cumplían, una y otra vez. Y caíamos inevitablemente.

Tal y como hemos llegado al último episodio teníamos un escenario perfecto para que la serie, que ya hacía un tiempo que había dado respiro a la audiencia, volviera a destrozarnos como nunca lo había hecho antes. Pues al fin y al cabo, la mayoría de muertes habían sido de personajes que tenían un recorrido corto (una temporada en el caso de Ned, tres en el caso de Robb Stark y Catelyn, unos cuantos episodios en el caso de Oberyn). Ahora la situación podía propiciar la muerte de personajes que habían estado ocho temporadas con la audiencia, y entre ellos los más queridos: Tyrion, Arya y Jon Snow. Imaginen la histeria que habría estallado si uno de estos tres personajes hubiera sido asesinado de forma cruel por una Daenerys que ya estaba inmersa en su lado oscuro. En vez de eso, la serie ha optado por eliminar la amenaza de Daenerys a mitad del episodio (y haciendo así que el resto se deshinchara) y forzar que estos personajes clave se salvaran (que los Unsullied no mataran inmediatamente a Snow es inverosímil, y todavía más que luego se contenten con que sea enviado al Muro). Para, a continuación, asignar a dedo un sucesor al trono, Bran Stark, que es uno de los personajes peor explicados en comparación con los libros.

Es una lástima que, tras el giro complicado pero efectivo que se había hecho con Daenerys, las posibilidades que este implicaba queden en nada. Es una pena que la última media hora de la serie haya merodeado entre escenas de un tono cómico que no encajaban con la épica que se espera de una serie que nos ha mantenido ocho temporadas en vilo. Es también una lástima que, tras una última temporada que a nivel visual había llevado ‘Juego de Tronos’ a la cima, en la última entrega el guión no haya estado a la altura del espectáculo en pantalla. Pero sobre todo, es una lástima que los Stark, los buenos de la historia, hayan logrado al final salirse con la suya, negando la tesis que había mantenido la serie durante la mayor parte de su recorrido. Pues los malvados están muertos y nuestros protagonistas libres para realizar un spin-off (no hay duda que ese es un plan factible para Arya o Jon Snow). Y a la audiencia, a la que se podía haber aplastado, se la ha dejado irse de rositas. ‘Juego de Tronos’ nos ha perdonado la vida. Sin ni un solo rasguño hemos salido de un final en el que se podría haber reafirmado como serie transgresora y ha acabado demostrando que ha sido víctima de su propio fenómeno.

Toni de la Torre. Crítico de series de televisión. Trabaja en El Món de Rac 1, El Temps, Què fem, Ara Criatures, Sàpiens y Web Crític. Ha escrito libros sobre series de televisión. Profesor en la escuela de guión Showrunners BCN e le gusta dar conferencias sobre series. Destaca el Premi Bloc Catalunya, 2014.