La miniserie sobre el accidente nuclear estrenada en HBO no es una simple recreación: es una advertencia, y haríamos bien en escucharla

Uno de los problemas fundamentales de las películas y series basadas en hechos reales es que, si la historia que se cuenta es demasiado conocida, el espectador va siempre un paso por delante del relato. Esto repercute decisivamente en su percepción, porque al final hay el riesgo de que lo mires con cierto afán contemplativo, pero también en la propia capacidad de la ficción para huir de la simple recreación. Por lo tanto, tiene mucho mérito explicar algo de lo que todo el mundo sabe el final e igualmente mantenerte en tensión, de la misma manera que tiene mucho mérito mostrar una realidad tan compleja haciendo justicia a todos sus matices. Es el caso de ‘Chernobyl’, una miniserie de cinco episodios que reconstruye el fatídico accidente en la central nuclear sin que en ningún momento te dé la sensación de estar viendo una historia ya contada o se abuse de recursos melodramáticos que desvirtúen la elocuencia de los hechos. La apuesta de sus responsables es tan clara como osada: convertir el incidente, y sus aterradoras consecuencias, en una experiencia más sensorial y física que no en una dramatización al uso. Una verdadera pesadilla en forma de desastre nuclear. Es por este motivo que no es un producto para todos los paladares. Al tiempo, esto la convierte en una de las series más impactantes en lo que llevamos de año.

Después de un prólogo que deja claro que ésta es una historia con espíritu de denuncia, ‘Chernobyl’ sigue con cuidado y sentido del detalle el accidente en la central y los diferentes puntos de vista que ayudan a entenderlo en toda su dimensión. Tenemos a los técnicos que trabajaban en el reactor, las familias que vivían cerca, los cuerpos de emergencia que se desplazaron y también los políticos que, con sus recelos, laminaron la necesidad de una respuesta inmediata. Las miradas sobre un mismo evento y sus consecuencias se van sucediendo con una sobriedad que llega a hacerse irrespirable: ‘Chernobyl’ evita en todo momento la tentación de cargar las tintas del desastre (no hay escenas espectaculares que enfaticen la tragedia, sino que ésta emana de la claustrofobia y la angustia de no saber cómo afrontarla) y se dedica a explorar la progresiva desolación que se va apoderando de todas las víctimas directas o indirectas del accidente. La escena en que se produce es muy significativa. Sentimos un ruido lejano y vemos las llamas de lo que acabará siendo uno de los episodios más traumáticos de los años 80, pero en ningún caso hay un interés morboso por enseñarnos nada que no tenga que ver con esa sensación de incertidumbre, de indefensión . La cámara no busca el horror, prefiere que lo respiremos, o representarlo en imágenes tan poderosas como la de un pájaro muerto. Sabemos cómo acabará, todo ello, pero verlo desde esta perspectiva tan respetuosa, y al mismo tiempo tan dura, nos hace ver que lo que pasó en Chernobyl nos interpela a todas y todos. Lo hacía en ese momento y lo hace ahora.

Por eso, esta miniserie es tan recomendable. Aparte de su sorprendente registro narrativo, muy bien acompañado de un espléndido plantel de intérpretes, sabe trascender su contexto histórico para erigirse en una metáfora de los errores que no podemos volver a repetir y de la conveniencia de no olvidar. El accidente se produjo hace 33 años, pero todavía se tiende a politizar cualquier cosa en lugar de afrontar los daños sociales y personales. ‘Chernobyl’ es una crítica a los oscurantismos políticos, a la falta de humanidad, a la burocracia amparada en finalidades ideológicas, a las prácticas irresponsables en la gestión de las tragedias. No es una recreación, es una advertencia. Y haríamos bien en escucharla.

Pep Prieto: Periodista y escritor. Crítico de series en ‘El Món a RAC1’ y en el programa “Àrtic” de Betevé. Autor del ensayo “Al filo del mañana”, sobre cine de viajes en el tiempo, y de “Poder absoluto”, sobre cine y política.