Ponerse ante el espejo es un acto cotidiano de cualquiera y que no suele tener más allá de unas consecuencias triviales; pero cuando lo hace un autor, un artista, ese reflejo puede adquirir la trascendente forma de una confesión, un propósito (Goya, Velázquez, Van Gogh…, se escondieron o se revelaron en el interior de su obra pictórica, o aquel “yo soy Madame Bovary” que dijo Falubert).

Se da la circunstancia de que dos de los más grandes, personales y venerados cineastas vivos, Clint Eastwood y Pedro Almodóvar, han utilizado sus últimas y recientes películas, “Mula” y “Dolor y gloria”, como un pulido espejo que reflejara una imagen suya interior, íntima e imposible de apreciar a simple vista. Son dos directores muy alejados entre sí tanto ética como estéticamente, y cuya obra no puede ser más antagónica, pero han coincidido casi en día y hora ante el espejo y el confesionario.

«Dolor y gloria» Penélope Cruz y Pedro Almodóvar

No es la primera vez que Eastwood y Almodóvar hablan muy de sí mismos en sus películas, pues “Gran Torino” ya era casi un ajuste de cuentas personales de Eastwood con su clásico personaje (en realidad, parecía una obra testamentaria de alguien que aún no hacía testamento), y Almodóvar se reflejó con pasión y precisión en “La ley del deseo” y en “La mala educación”.  Pero es ahora, en “Mula” y en “Dolor y gloria”, donde con más sinceridad entran en sus entrañas para ofrecerle algo confidencial y revelador al que mira y escucha.

«Ley del deseo» Pedro Almodóvar

Clint Eastwood desvela en “Mula” su sensación de fracaso y desengaño, y entona una especie de lamento (arrepentimiento) a través del personaje central de su película, Earl Stone, un octogenario vitalista, mujeriego y trapacero que recorre un tortuoso camino para recuperar algo de lo que ha perdido, esencialmente su familia. No nos cuenta su vida, que ya nos la sabemos, sino la impresión que tiene de ella ahora, a los amargos postres.

Clint Eastwood en «Mula»

Almodóvar sí repasa zonas de su biografía en la piel de su personaje, un director de cine físicamente dolorido y anímicamente vacío, que lo interpreta Antonio Banderas. Se desnuda, al menos en parte, el director manchego, y recrea (maravillosamente) estampas de su infancia junto a su madre (luminosa Penélope Cruz) y evoca el desmayo de sus primeros presentimientos eróticos o los olores, a jazmín y orines, donde vio sus primeras películas. Y se aprecia un Almodóvar más prudente en el reflejo de su persona adulta: invoca a sus fantasmas recientes, a sus películas y a la relación compleja y a veces agusanada con algunos de sus actores.

Es él, indudablemente, y son sus “dolores” y sus crisis, pero hay cautela, maquillaje y semidesnudo al conjugar el verbo Almodóvar, como si dudara al dejar entrar a la cámara, a su cine, a algunas estancias de sí mismo que ni siquiera él visita. Entra en tromba, en cambio, en la principal, en su relación con su madre (personaje que interpreta en el ocaso Julieta Serrano), y ahí sí nos deja mirar a lo que fue, a lo que no fue y a lo que le gustaría que hubiera sido.

Antonio Banderas, Pedro Almodóvar y Penélope Cruz

Y son curiosas las formas que ambos emplean para reflejarse en su película: Eastwood siempre fue un tipo seco, arisco, que escondía su talento y su poesía detrás de una apariencia indomable y de un cine musculoso; Almodóvar, en cambio, ha proyectado una imagen extrovertida, fiestera y con cierta ambición por que su prosa (y dudosa sintaxis) adquiriera tonalidades poéticas con la sobrexposición en la pantalla de sus gustos literarios, pictóricos, musicales… Tanto “Mula” como “Dolor y gloria” adquieren una forma contradictoria a la naturaleza de sus autores, como si pretendieran a la vez rebatirlos y expresarlos: la película de Eastwood contiene una trama ligera y un compuesto de guasa, astucia dramática y gravedad irónica, mientras que la de Pedro Almodóvar es más seca y densa, y tiene un indudable aroma a catarsis, a redondear “la bola” de esa vieja memoria que se le atragantaba en “La mala educación” y esa otra más reciente que le consumía en “La ley del deseo”. No hay síntomas de frivolidad en la confesión de Almodóvar.

Eastwood y Almodóvar

Eastwood hace un movimiento peligroso y probablemente también catártico, pues le otorga a su auténtica hija, Alison, el personaje de su hija ficticia en la película, y sus escenas juntos, que rezuman sentimientos y emociones mal aparcadas durante años, adquieren un valor de testimonio, de real volcado vital en el paisaje recóndito de ambos. Almodóvar mueve otras fichas, y encuentra en la precisión y entrega de Antonio Banderas el container para sus pesquisas interiores, para su dolorido ajuste cuentas emocionales con él, con su obra, con su “universo”.

Alison Eastwood y Clint Eastwood

Podrían ser exclusivamente dos buenas películas dentro de sus filmografías, pero hay que situarlas un peldaño por encima al ofrecer enfocada una imagen (otra imagen) de sus autores, que aparecen en ellas con un propósito (ser descubiertos) y una confesión (tal cual).

Oti Rodríguez Marchante es crítico de cine y escritor. Ha colaborado en programas televisivos como ‘Qué grande es el cine’, y ha publicado libros como ‘Dos para la tres, Amenábar, vocación de intriga”, y un par de volúmenes de cuentos infantiles, ‘Adiós a la Tierra de los Colores Vivos’ y ‘La importancia del primer cero’.