En 1932, un ciudadano de Kentucky llamado Tod Browning sacó del armario a los artistas del circo. No en el sentido literal, sino que el cineasta puso el foco en el sufrimiento de estos, en sus desgracias, en lo que les ocurría a estas criaturas desesperadas cuando se acababa la función.

Este caballero que, de pequeño, montaba obras de teatro en el jardín de su casa, contó en ‘La parada de los monstruos’ la cara oculta y oscura del llamado mayor espectáculo del mundo. Sacó el circo de su edad de la inocencia, le quitó glamour y le añadió tenebrismo en un film cuyo título original era ‘Freaks’ y que, aún hoy en día, provoca terror y ternura a partes iguales. En títulos anteriores o posteriores a ‘La parada de los monstruos’, como ‘Garras humanas’, ‘Muñecos infernales’ o ‘Drácula’, Browning siguió por la misma línea, mostrándonos… la monstruosidad.

Browning falleció en 1962 sin herederos cualificados, sin discípulos aventajados, sin alumnos que retomasen su legado y le dieran brillo y esplendores modernos. Hasta que, en 1985, apareció un californiano de extrañas pintas y pelo alborotado, de nombre Tim Burton y que nos presentó su ópera prima, ‘Pee-wee’s Big Adventure’, protagonizada por el popular cómico, luego caído en desgracia, Pee-wee Herman, alias de Paul Reubens.

«Dumbo»

Con su segundo largometraje, ‘Bitelchús’, Burton sentó definitivamente las bases de lo que sería el resto de su obra: una apología de los personajes marginales, a veces héroes (‘Batman’), a veces con muy mala suerte y mucha ilusión (‘Ed Wood’), a veces desamparados (‘Eduardo Manostijeras’), a veces de otros planetas (‘Mars Attacks!’) o de este (‘El Planeta de los Simios’). Sus héroes o antihéroes han sido asesinos (‘Sweeney Todd’), niñas perdidas (‘Alicia en el País de las Maravillas’), filántropos extravagantes (‘Charlie y la Fábrica de Chocolate’) o artistas peculiares (‘Big Eyes’).

En ‘Big Fish’, el circo acaparó parte del argumento, pero hay, desperdigados en la filmografía del director, muchos candidatos a trabajar en un circo. Una obra donde conviven el bullying y la extravagancia, el miedo a ser diferente y las comunidades de seres particulares, el show business y la deformidad, la crueldad y la compasión, era lógico que ahora fichase para su cuadrilla a un pequeño elefantito de grandes orejas con las que puede volar. Dumbo estaba destinado a ingresar en la adorable parada de los monstruos de Tim Burton.


Reflexiona sobre distintas y contrapuestas maneras de ver el circo como entretenimiento y también como negocio

«Dumbo»

El ‘Dumbo’ de Burton coge el film animado original de la factoría Disney y lo ‘burtoniza’ sin manías y con personalidad. En el relato han entrado nuevos personajes humanos, manteniendo la esencia, el mensaje de la cinta animada de Disney de 1941. Reflexiona sobre distintas y contrapuestas maneras de ver el circo como entretenimiento y también como negocio: hay por ahí una metáfora inesperadamente actual, y para quien quiera pillarla, claro, sobre cómo los pequeños grupos son absorbidos por los grandes. ¿Les suena? En ‘Dumbo’, el realizador sigue respetando y protegiendo al débil. Criticando al malvado. Y poniendo vallas en la zona de confort de los puros, para que no puedan penetrar en ella los despiadados y los que se ríen de los ‘defectos’ de los demás.

El pequeño paquidermo del último film de Tim Burton dialoga con su obra anterior: acaricia con su trompa a la Novia Cadáver, sale a pasear con Frankenweenie, juega con los niños de ese hogar de Miss Peregrine y corretea por los tejados con Jack Skeleton. Desde que empieza la película, está claro que de lo que se trata es de proteger los derechos del elefante y los suyos. Y que el bueno es Danny DeVito, y el malo es Michael Keaton. Y que la aparente dureza de Colette Marchand (interpretada por Eva Green) sólo es una coraza para disimular su indefensión y gran corazón.

Pere Vall es periodista cultural y del mundo de la farándula en general, especializado en cine.
Colabora en Time Out, Ara, RNE y Catalunya Ràdio, y fue redactor jefe en Barcelona de la revista Fotogramas durante más de 20 años.
Fanático de Fellini, de las películas de terror buenas, regulares y malas, y del humor y la comedia en general.
De pequeño, quería parecerse a Alain Delon, y ha acabado con una cierta semejanza a Chicho Ibáñez Serrador. No se queja de ello.