The Good Fight no es una serie de abogados. Es, eso sí, una serie protagonizada por abogados. Pero los juicios son lo de menos.

La tercera temporada ha empezado con un episodio en el que nadie ha presentado ni resuelto ningún caso y, en cambio, ha sido un episodio muy afín a la esencia de una serie que busca hacer un comentario político sobre el mundo en el que vivimos. Esta voluntad de vivir apegada al titular tiene su origen en la serie anterior, The Good Wife, donde sus personajes empezaron a ocuparse de casos muy vinculados a la actualidad. En esta progresión, los creadores Michelle y Robert King, parecen actualmente más interesados en su columna de opinión que en los mecanismos típicos de un drama legal.

Ni cinco minutos han tardado en poner sobre la mesa el tema del Me Too en su episodio de regreso, que ha girado alrededor de una crisis en el bufete de abogados de la serie al descubrirse que su fundador, Carl Reddick, que fue una figura clave en la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos, estuvo violando y abusando de varias trabajadoras durante años.

The good fight

En paralelo la serie recupera una trama de la temporada anterior sobre una actriz porno que tuvo relaciones con Donald Trump y a la que el presidente pagó el aborto. Las dos tramas se relacionan a través de la manera de gestionar «el incidente» que tienen sus responsables: un acuerdo de confidencialidad que sirve para tapar lo sucedido y dejar a las víctimas sin voz. Los socios del bufete están más preocupados por las consecuencias que pueda tener para la empresa el hecho que se haga público que por las víctimas. Esto incluye a Diane, la protagonista, que también está de acuerdo en utilizar un tipo de acuerdo que, cuando lo utilizan otros, como Donald Trump, le parece abominable.

Aunque el personaje es la estrella de la serie y a menudo es la voz de los creadores (y de la audiencia), como por ejemplo en su soliloquio shakesperiano sobre el tipo de hombre que actualmente ostenta el poder, los guionistas se encargan también de poner grises haciendo que tome decisiones abiertamente reprobables, como traicionar la confianza de la actriz porno vendiendo su historia a los medios sabiendo las consecuencias que tendrá.

The good fight

Habrá quién eche de menos los juicios, pero a través de episodios como este, The Good Fight se consolida como la serie que hay que ver para pensar el mundo en el que vivimos.

Es necesario, para una serie que ofrece de forma tan vigorosa su punta de vista sobre múltiples temas, menoscabar éticamente a su protagonista para que no parezca una cruzada ideológica. En este episodio el personaje que mejor ha reflejado los pensamientos de la audiencia ha sido Marissa, una secundaria que ha hallado una posición clara en la serie como la voz de la generación más joven. Por contra, el personaje de Maia se ha convertido en un lastre. Reconvertida en comic relief, su subtrama ha sido el punto débil de un episodio que ha tenido momentos realmente brillantes, como la conversación de Diane con la herida de su marido o la canción para explicar a la audiencia qué es un acuerdo de confidencialidad. Habrá quién eche de menos los juicios, pero a través de episodios como este, The Good Fight se consolida como la serie que hay que ver para pensar el mundo en el que vivimos. A veces con una sonrisa, a veces con un regusto amargo cuando uno se da cuenta que este ha sido un episodio sobre el Me Too en el que las víctimas no importan a (casi) nadie.

Toni de la Torre. Crítico de series de televisión. Trabaja en El Món de Rac 1, El Temps, Què fem, Ara Criatures, Sàpiens y Web Crític. Ha escrito libros sobre series de televisión. Profesor en la escuela de guión Showrunners BCN e le gusta dar conferencias sobre series. Destaca el Premi Bloc Catalunya, 2014.