La atormentada y provocadora mente de Lars von Trier nos trae un nuevo film protagonizado por Matt Dillon.

Lars von Trier, que estrena “La casa de Jack” el próximo 25 de enero, ha sido siempre un tipo hundido en la depresión. Y eso es algo que se respira en sus películas. Y más particularmente en esta, donde el cineasta danés se auto psicoanaliza en público, sin pudor alguno, mostrándonos todos los recovecos –la película se va a los 152 minutos de metraje– de su atormentadísima mente creativa, como si el arte sólo fuera posible a través del sufrimiento propio y ajeno. Es decir, tanto el del artista, como el de sus actores y, a la postre, de su público. No digamos ya el público que le es ajeno, y se mete en el cine por error.

Un impecable Matt Dillon, al que teníamos bastante perdido de vista (al margen de la serie“Wayward Pines”), aparece como un asesino en serie con T.O.C (Trastorno Obsesivo Compulsivo), que se llama a sí mismo Mr Sophistication (un homenaje a “El asesinato de un corredor de apuestas chino”, de Cassavetes), y aspira a convertir sus atroces crímenes en obras de arte, como siguiendo los postulados de De Quincey (“Del asesinato como una de las bellas artes”), mientras establece un permanente diálogo con algo así como La Voz de su Conciencia (Bruno Ganz).

No es casualidad que la mayor parte de las víctimas del meticuloso Jack sean mujeres.

Ambos son, obviamente, el propio Von Trier, un provocador en serie –con desfachatez, pero con cabeza–, que aquí despliega una tormenta de inputs visuales (cuadros, fotos, películas…), en clave de videoensayo a lo Godard (“Histoire(s) du cinéma”), en el que aparecen, para que quede claro, hasta fragmentos de sus propias películas, además de imágenes del Tercer Reich, en alusión al malentendido por el que fue expulsado del Festival de Cannes, tras la rueda de prensa de su magistral “Melancolía” (2011), o fragmentos de Glenn Gould al piano, como símbolo de la excelencia a la que aspira todo artista, entre un sinfín de referencias. Resulta imposible enumerarlas en su totalidad, aunque es evidente que componen un mosaico de la psique productiva y doliente del director de “Rompiendo las olas” (1996), “Dogville” (2003) o “Anticristo” (2009), por citar otras de las películas que aparecen citadas en el propio filme.

No es casualidad que la mayor parte de las víctimas del meticuloso Jack sean mujeres. Von Trier, que no escatima el retorcido ensañamiento de su álter ego asesino (hasta el punto de echar a algunos desprevenidos espectadores de la sala), siempre ha tenido fama de maltratar especialmente a sus actrices e, incluso, ha sido acusado de acoso (por Bjork). Tampoco extraña que Jack acabe en el infierno. Se mire como se mire, “La casa de Jack” es un viaje al fondo de la mente de Von Trier.

No es una película que haya hecho para pedir perdón, ni por sus salidas de tono, ni por el dolor que infligen sus obras. Simplemente se muestra cómo es él. Se desnuda ante su público, en un obsceno y perverso striptease, que tampoco es realmente una venganza, aunque pueda parecerlo. Hay algo que lo redime: el humor. Un humor negrísimo, un tanto nihilista y ciertamente devastador, que permite al espectador distanciarse, y no dejarse arrastrar al infierno mental que representa la película. Así, a pesar de su largo, denso, y por momentos desafiante metraje, “La casa de Jack” se acaba revelando como un cóctel estimulante; una película compendio, que amenazaba con ser testamentaria, pero que ha acabado siendo un punto y aparte en su ya larga carrera. Ojo, que llevamos más de 30 años sufriéndolo, sufriendo con él. Es decir, disfrutando como locos.

La buena noticia es que Lars está bien. Tras amenazar con retirarse, y reconocer que había sufrido a saco con “La casa de Jack”, roído por la depresión y el alcohol, anunció que estaba trabajando en un nuevo proyecto (una serie de 10 cortos en blanco y negro sospechosamente titulados como los “Études”, de Chopin), pensado para “sentirse bien”. Un auténtico reto, para un ser desgarrado como él. A lo mejor, tras sacarlo todo en “La casa de Jack”, resulta que la terapia ha sido un éxito. Para el resto de la Humanidad, sería muy agradable comprobar que se puede crear, y aspirar a lo más alto, sin dejarse la piel en ello. Ánimo, querido Lars.


Philipp Engel (Barcelona, 1970): Formado en estudios literarios, trabajó 10 años en la industria discográfica, para luego consagrarse en el periodismo cultural. Así, ha colaborado en distintos medios, como ‘La Vanguardia’, ‘El Mundo’, ‘Qué Leer’, ‘Sensacine’, ‘Sofilm’ y ‘Fotogramas’, entre otros muchos.